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lunes, 4 de junio de 2018

Joseph Sheridan Le Fanu - Dickon el diablo

Joseph Sheridan Le Fanu - Dickon el diablo (1872)


Hace unos treinta años dos solteronas ricas y viejas me eligieron para que visitara una propiedad en esa parte de Lancashire que está cerca del famoso bosque de Pendle, con el que tan agradablemente nos hemos familiarizado gracias a la obra del señor Ainsworth, Las brujas de LancashireTenía yo que hacer la partición de una pequeña propiedad, formada por una casa con la tierra solariega, que mucho tiempo antes habían recibido como coherederas.

Los últimos sesenta kilómetros del viaje me vi obligado a realizarlos en posta, principalmente por atajos poco conocidos, y todavía menos frecuentados, que presentaban paisajes extremadamente interesantes y hermosos. La estación en la que viajaba, principios de septiembre, mejoraba el pintoresquismo del paisaje.

Nunca había estado en esa parte del mundo; me han dicho que ahora es mucho menos salvaje, y en consecuencia menos hermosa.
En la posada en la que me detuve para cambiar los caballos y cenar algo, pues pasaban ya de las cinco, encontré que el hospedero, un tipo robusto que tenía, según me dijo, sesenta y cinco años, era de una benevolencia fácil ycharlatana, que deseaba distraer a sus huéspedes con cualquier charla y para el que la menor excusa bastaba para que se pusiera a fluir su conversación sobre cualquier tema que a uno le complaciera.

Tenía yo curiosidad por saber algo sobre Barwyke, nombre de la casa y las tierras a las que me dirigía. Como no había ninguna posada a algunos kilómetros de ella, había escrito al administrador para que me alojara allí, lo mejor que pudiera, por una noche.
El hospedero de «Three Nuns», que tal era el cartel bajo el que entretenía a los viajeros, no tenía mucho que contar. Hacía ya veinte años o más desde que había muerto el viejo Squire Bowes, y nadie había vivido allí desde entonces salvo el jardinero y su esposa.

–Tom Wyndsour debe tener la misma edad que yo; pero es un poco más alto, y no ha de tener tantas carnes –comentó el grueso posadero.
–Pero ¿no decían que había historias en la casa que impedían a los arrendatarios entrar en ella? –pregunté.
–Relatos de viejas, de hace muchos años, eso será, señor; los olvidé; me olvidé de todos. Claro que los habrá siempre cuando una casa queda así abandonada; a los tontos del pueblo siempre les gusta hablar; pero no he oído una palabra de esto desde hace veinte años.

En vano traté de sondearle. El viejo dueño del «Three Nuns», por alguna razón, prefirió no contar nada de Barwyke Hall, si es que realmente lo recordaba, tal como yo sospechaba.
Pagué la cuenta y reanudé el viaje, complacido por el solaz que había encontrado en la antigua posada, aunque algo decepcionado.
Llevábamos ya más de una hora de viaje cuando empezamos a cruzar unos pastos comunes; sabía que a partir de ellos faltaba un cuarto de hora para llegar ante la puerta de Barwyke Hall.

Muy pronto quedaron atrás la turba y el tojo; de nuevo nos encontrábamos en ese paisaje arbolado que tanto me gustaba, y al que apenas molestaba ningún tipo de tráfico. Estaba mirando por la ventanilla de la silla de posta y enseguida detecté el objeto que desde hacía algún tiempo estaban buscando mis ojos.

 Barwyke Hall era una casa grande y singular del tipo de labor enrejada conocida con el nombre de «blanco y negro», en el que las barras y ángulos de una estructura de roble contrastan, negras como el ébano, con la cal blanca que se extiende sobre la albañilería construida en los intersticios. La casa isabelina de inclinados tejados se levantaba en medio de unos terrenos no muy extensos, semejantes a un parque, pero resultaba imponente por la noble altura de los viejos árboles que ahora, con el sol poniente, lanzaban sus sombras alargadas hacia el este.

El muro del parque se había vuelto gris con el tiempo, y muchos lugares estaban recubiertos de yedra. En una hondonada suave y en una sombra gris y profunda, que contrastaba con los fuegos oscuros del atardecer reflejados en el follaje superior, se extendía un lago que parecía frío y negro; y que, por así decirlo, daba la impresión de ocultarse a la observación con un conocimiento culpable.

Me había olvidado de que en Barwyke había un lago; pero en el momento en el que lo captaron mis ojos, con la apariencia del frío pulido de una serpiente en la sombra, mi instinto pareció reconocer algo peligroso y supe que el lago estaba relacionado, aunque no podía recordar de qué manera, con las historias que sobre este lugar había oído de joven.
Tomé una avenida cubierta de hierba bajo las ramas de aquellos nobles árboles cuyo follaje, teñido por el amarillo y el rojo otoñales, devolvía con magnificencia los haces del sol occidental.

Llegamos a la puerta. Salí del coche y pude ver bien la fachada de la casa; era una mansión grande y melancólica con señales de haber sido olvidada desde hacía tiempo; las grandes y anticuadas persianas de madera estaban cerradas con barras por el exterior; la hierba, incluso las ortigas, crecía profusamente en el patio, y una delgada capa de musgo veteaba las vigas de madera; el yeso estaba descolorido por el tiempo y la intemperie, y había en él grandes manchas rojizas y amarillas. El gran número de árboles viejos que se arremolinaban alrededor de la casa aumentaba la oscuridad.

Subí los escalones y miré a mi alrededor; ahora el oscuro lago quedaba cerca de mí, un poco a la izquierda. No era grande; debía cubrir unas cuatro o cinco hectáreas, pero aumentaba la melancolía del paisaje. Cerca del centro había una pequeña isla en la que crecían dos viejos fresnos que se inclinaban cada uno hacia el otro y cuya imagen melancólica se reflejaba en las quietas aguas. La única influencia alegre en aquel escenario de antigüedad, soledad y olvido era el calor que proyectaban los rojizos haces solares occidentales sobre la casa y el paisaje. 

La llamada resonó en mi oído hueca y poco reconfortante; y la campana devolvió desde la distancia un tañido grave y ronco, como si se quejara de que la hubieran despertado de un sueño de una docena de años.
Con una prontitud que indicaba que aguardaban hospitalariamente mi llegada, abrió la puerta un hombre viejo de miembros ligeros y aspecto alegre, vestido con calzones y chaqueta de barragán, sonrisa de bienvenida y una nariz muy afilada y rojiza que parecía prometer buenos ratos en su compañía.

En el recibidor sólo había una luz pequeña cuyos rayos se perdían en la oscuridad del fondo. Era muy espacioso y elevado, con una galería que lo rodeaba y que resultó visible en dos o tres puntos cuando se abrió la puerta. Casi en la oscuridad, mi reciente amigo me condujo a través de ese amplio recibidor hasta la sala destinada a mi recepción. Era espaciosa y estaba entablada hasta el techo. Los muebles de ese amplio salón eran anticuados y rústicos.

Las ventanas seguían teniendo cortinas y había una alfombra turca en el suelo; las ventanas eran dos, y desde ellas, por entre los troncos de los árboles cercanos a la casa, podía atisbarse el lago. Para animar aquella melancólica sala necesité de todo el fuego y todas las agradables asociaciones que provocaba en mi mente la nariz rojiza de aquel hombre. Una puerta situada en el extremo más lejano daba paso a la habitación que me habían dispuesto como dormitorio. También estaba entablada, como la otra. 

Contenía una cama de cuatro postes con gruesas cortinas tapizadas, y en otros aspectos estaba amueblada con el mismo estilo anticuado y pesado que la otra. Su ventana daba también al lago.
Aquellas habitaciones, aunque sombrías y tristes, se hallaban escrupulosamente limpias. No había nada de lo que pudiera quejarme, pero el efecto resultaba bastante decepcionante. Tras dar algunas indicaciones sobre la cena, un incidente agradable que cabía esperar, y asearme rápidamente, llamé a mi amigo el de la nariz roja y los calzones (Tom Wyndsour), cuya ocupación era la de «mayordomo», o ayudante del administrador, de la propiedad, para que me acompañara a dar un paseo por la zona, pues todavía faltaba una hora para la puesta de sol.

Era una agradable tarde otoñal y mi guía, hombre resistente, caminaba a un paso que me costaba mantener.
Entre los grupos de árboles situados en la parte septentrional vimos por casualidad la pequeña y antigua iglesia parroquial. La observé desde un promontorio, con el muro del parque por en medio; pero un poco más abajo había un portillo que daba acceso al camino y por él nos acercamos a la puerta de hierro del campo de la iglesia. 

Vi que la puerta de la iglesia estaba abierta; el enterrador estaba dejando el pico, la pala y el azadón, con los que acababa de cavar una tumba, en un pequeño receptáculo situado bajo la escalera de piedra de la torre. Era un jorobado cortés y de ingenio vivo que se mostró encantado de enseñarme la iglesia. Entre los monumentos había uno que me interesó; había sido levantado en conmemoración del mismo Squire Bowes, del que las dos solteronas habían heredado la casa y la finca de Barwyke. 

El monumento hablaba de él en términos de elogiosa grandilocuencia e informaba al lector cristiano que había muerto, en el seno de la Iglesia de Inglaterra, a la edad de setenta y un años.
Pude leer la inscripción con los últimos rayos del sol poniente, que desapareció tras el horizonte en el momento en que pasábamos bajo el porche.

–Ya hace veinte años desde que murió Squire –comenté en tono reflexivo, quedándome todavía en el camposanto.

–Ay, señor; en septiembre cumplirán esos años.

–¿Y era un buen caballero?

–Un caballero muy amable y de trato fácil, señor; creo que en toda su vida no debió hacer daño ni a una mosca –asintió Tom Wyndsour–. No siempre es fácil saber lo que van a hacer tales caballeros, y qué giro tomarán después; y creo que algunos de ellos se vuelven locos.

–¿Y no cree que había perdido el control de su mente? –pregunté.

–¿Él? ¡Qué va! No; él no, señor. Quizás fuera un poco perezoso, como los otros de su familia, pero sabía endiabladamente bien lo que estaba haciendo.

El relato de Tom Wyndsour me pareció un poco enigmático; pero igual que le pasaba al viejo Squire Bowes, aquella noche me sentía «un poco perezoso» y no hice más preguntas sobre él.
Pasamos por el portillo que daba a la estrecha carretera que rodeaba el camposanto. La bordeaban olmos de más de cien años de edad, y en el crepúsculo, que prevalecía ahora, se estaba poniendo muy oscura. Uno al lado del otro recorrimos aquel camino cercado por dos muros que parecían de piedra, cuando algo que corría hacia nosotros en zigzag nos pasó a gran velocidad emitiendo un sonido como el de un estremecimiento o risa atemorizada, y vi, en el momento en que nos pasaba, que se trataba de una figura humana. 

He de confesar ahora que al principio quedé un poco sorprendido. Aquella persona iba vestida en parte de blanco: y sé que al principio la confundí con un caballo blanco que viniera camino abajo al galope. Tom Wyndsour se apartó y se quedó mirando a la figura mientras se alejaba.

–Se dedicará a sus viajes esta noche –dijo en tono bajo–. 

Cualquier cosa le sirve de cama a este muchacho; dos metros de turba o brezo secos, o un rincón en una zanja seca. En los últimos veinte años ese muchacho no ha dormido ni una sola vez en una casa, y no lo hará mientras siga creciendo la yerba.

–¿Está loco? –pregunté.

–Algo parecido, señor; es un idiota, un perdido; le damos el nombre de «Dickon el Diablo», porque diablo es casi la única palabra que sale de su boca.

Tuve la impresión de que, de alguna manera, aquel idiota estaba relacionado con la historia de Squire Bowes.

–¿Me equivoco al pensar que se cuentan historias extrañas sobre él? –sugerí.

–Más o menos, señor; más o menos. Algunas historias extrañas.

–¿Y hace veinte años que no duerme en una casa? Es más o menos el tiempo que hace que murió Squire –le dije.

–Así es, señor; no mucho después.

–Tienes que hablarme de eso, Tom, esta misma noche, cuando pueda oírlo cómodamente, después de la cena.

A Tom no pareció gustarle mi invitación, y mirando hacia delante mientras seguíamos caminando, añadió:

–Ya ve, señor, que la casa ha estado tranquila y no ha habido gente que alborotara ni dentro ni fuera de sus paredes, ni en los bosques de Barwyke, desde hace diez años o más; y mi mujer afirma claramente que no se debe hablar de esas cosas, y, lo mismo que yo, cree que es mejor dejar que los perros duerman.

Hacia el final de la frase bajó el tono de su voz e hizo un significativo gesto de asentimiento.
Llegamos enseguida a un lugar en el que abrió un portillo en la cerca del parque y por él entramos de nuevo a los terrenos de Barwyke.
La luz crepuscular que iba oscureciendo el paisaje, los árboles enormes y solemnes y el perfil distante de la casa encantada ejercieron sobre mí una influencia sombría, que unida a la fatiga de un día de viaje, y a la caminata que nos habíamos dado, me llevaba a no desear interrumpir el silencio en el que se había encerrado ahora mi compañero.

A nuestra llegada, una cierta atmósfera de comodidad disipó en gran medida la tristeza que me estaba embargando. Aunque no hacía en absoluto una noche fría, me sentí muy contento al ver unos leños encendidos en la parrilla; un par de velas se sumaban a la iluminación, lo que hacía que la habitación pareciera alegre. Una mesa pequeña, con un mantel muy blanco y los preparativos para la cena, era también un objeto muy agradable.

Bajo estas influencias, me habría gustado mucho escuchar la historia de Tom Wyndsour; pero tras la cena me sentí demasiado somnoliento como para intentar introducir el tema; y tras bostezar un rato, comprendiendo que de nada servía luchar contra mi somnolencia, me fui al dormitorio y a las diez estaba profundamente dormido.

Más tarde me referiré a la interrupción que experimenté aquella noche, pues aunque fue muy extraña no resultó demasiado importante.
A la noche siguiente había completado mi trabajo en Barwyke. Desde primeras horas de la mañana había estado incesantemente ocupado y había realizado un duro trabajo, por lo que no tuve tiempo para pensar en lo que acabo de referir.

 Al final me encontré sentado de nuevo ante mi pequeña mesa tras terminar una confortable cena. Había sido un día sofocante y abrí todo lo que pude una de las ventanas grandes. Estaba sentado al lado, con el brandy y el agua a mi lado, mirando hacia la oscuridad. No había luna y los árboles que se agrupaban alrededor de la casa hacían que la oscuridad circundante resultara extrañamente profunda.

–Tom –le dije en cuanto noté que la jarra de ponche caliente que le había pasado empezaba a ejercer su influencia cordial y comunicativa–; debes decirme quién, además de tu esposa, de ti y de mí mismo, durmió en la casa la noche anterior.

Tom, que estaba sentado junto a la puerta, dejó el recipiente y me miró de reojo, sin decir una palabra, mientras se podría haber contado hasta siete.

–¿Que quién más durmió en la casa? –repitió deliberadamente–. Ni un ser vivo, señor –añadió mirándome fijamente, y era evidente que esperando todavía algo más.

–Pues es muy extraño –contesté devolviéndole la mirada y sintiendo realmente que sucedía algo singular–. ¿Estás seguro de que no entraste en mi habitación la noche pasada?

–No hasta que fui a llamarle, señor, y eso ya por la mañana; podría jurarlo.

–Pues bien –repliqué yo–, hubo alguien más allí, también yo podría jurarlo.

Estaba tan fatigado que no conseguí levantarme; pero me despertó un sonido que me hizo pensar que habían caído violentamente al suelo las dos latas de estaño en las que guardo mis papeles. Oí unos pasos lentos en el suelo, y había luz en la habitación, aunque recordaba haber apagado la vela. Pensé que debías ser tú, que habías entrado por mi ropa, y por accidente habías tirado las cajas. Pero fuese quien fuese, se marchó, llevándose con él la luz.

 De nuevo me disponía a reposar cuando, como la cortina estaba un poco abierta al pie de la cama, vi una luz en la pared opuesta; como la que arrojaría una vela desde el exterior si estuvieran abriendo cautelosamente la puerta. Me erguí en la cama, abrí la cortina lateral y vi que la puerta se estaba abriendo, y entraba luz desde el exterior. Ya sabes que está cerca del cabezal de la cama. Una mano sostenía el borde de la puerta mientras la abría; pero no una como la tuya; una mano muy especial.
Enséñame la tuya.
Extendió una mano para que pudiera inspeccionarla.

–Oh, no; a tu mano no le pasa nada. Aquella tenía una forma muy distinta; más gruesa; y el dedo corazón era más pequeño que los demás, como si alguna vez se hubiera roto y la uña se hubiera encorvado como una garra. «¿Quién anda ahí?», pregunté, y con ello la luz y la mano se retiraron y nada volví a oír ni a ver de mi visitante.

–¡Tan seguro como que está usted vivo, que era él! –exclamó Tom Wyndsour, mientras su nariz se ponía pálida y los ojos casi se le salían de las órbitas.
–¿Quién? –pregunté.

–El viejo Squire Bowes; lo que vio fue su mano; ¡el Señor tenga piedad de nosotros! –respondió Tom–. El dedo roto y la uña curvada como un arco. Tuvo suerte, señor, de que no regresara cuando lo llamó. Usted vino aquí por los asuntos de las señoritas Dymock, y él nunca quiso que ellas pusieran un pie en Barwyke; estaba haciendo un testamento muy diferente cuando la muerte se lo llevó. Nunca fue descortés con nadie, pero a ellas no podía soportarlas. Mi mente se llenó de recelos cuando me enteré de que venía usted por los asuntos de ellas; y ya ve lo que ha pasado: ¡él ha vuelto a las andadas!

Con un poco de presión, y algo más de ponche, logré convencer a Tom Wyndsour para que explicara sus misteriosas alusiones y contara las cosas que habían sucedido a la muerte del viejo Squire.

–Como usted sabe –dijo Tom–, Squire Bowes de Barwyke murió sin hacer testamento. Todas las gentes de los alrededores se apenaron; es decir, señor, se apenaron como lo hacen las gentes por un anciano que ha vivido muchos años y no tiene derecho a quejarse porque la muerte haya llamado a su puerta a una hora demasiado temprana. Squire era muy querido; nunca tuvo una pasión ni dijo una palabra más alta que otra; y no haría daño ni a una mosca; por eso resulta más sorprendente lo que sucedió tras su fallecimiento.

»Lo primero que hicieron esas damas cuando tuvieron la propiedad fue comprar ganado para el parque.
»En cualquier caso, no fue prudente dejar que el ganado pastara por su cuenta. Pero no sabían a lo que tenían que enfrentarse.
»No pasó mucho tiempo antes de que el ganado empezara a dar problemas; primero una cabeza, y luego otra, enfermaban y morían, y así hasta que las pérdidas empezaron a ser muy fuertes. 

Fue entonces cuando, poco a poco, empezaron a contarse extrañas historias. Primero uno, y luego otro, dijeron haber visto a Squire Bowes hacia el anochecer, caminando tal como solía hacerlo cuando estaba vivo entre los viejos árboles, apoyándose en su bastón; y a veces, cuando se encontraba con el ganado se detenía y pasaba una mano afablemente sobre el lomo de uno de los animales; y con seguridad ese animal enfermaba al día siguiente y moría poco después.

»Nadie se encontró con él en el parque o en el bosque, ni lo vio salvo a buena distancia. Pero todos conocían bien su manera de andar y su figura, y la ropa que solía llevar; y todos conocían el animal sobre el que había puesto la mano por su color: blanco, castaño oscuro o negro; y con seguridad ese animal enfermaba y moría. Los vecinos fueron teniendo cada vez más miedo de coger el camino del parque; y a ninguno le gustaba pasear por el bosque o entrar en los límites de Barwyke. Y el ganado seguía enfermando y muriendo como antes.

»En aquel tiempo vivía un tal Thomas Pyke; había sido mozo de cuadra del viejo Squire y estaba a cargo del lugar, siendo el único que solía dormir en la casa.
»Tom se enfadaba al escuchar esas historias, de las que no creía ni la mitad; y sobre todo cuando ya no pudo ser capaz de conseguir ningún hombre o muchacho que pastoreara el ganado, pues todos tenían miedo. Por eso escribió a Matlock, Derbyshire, pidiendo que viniera su hermano, Richard Pyke, un muchacho listo y que no sabía nada de las historias sobre el viejo Squire.

»Llegó su hermano Dick y el ganado empezó a mejorar; la gente decía que a veces podía ver todavía al viejo Squire, paseando como antes por los claros del bosque, con el bastón en la mano; pero ya no se acercaba al ganado, por la razón que fuese, desde la llegada de Dickon Pyke; y solía quedarse mucho tiempo en pie, mirando los animales, sin moverse más que el tronco de un árbol grande, a veces durante una hora, hasta que su forma desaparecía poco a poco, como el humo de un fuego que se ha apagado.

»Tom Pyke y su hermano Dickon eran los únicos seres vivos que vivían en la casa y dormían en la cama grande de la habitación de los criados, pues la casa había sido cerrada y enrejada una noche de noviembre.
»Tom dormía al lado de la pared, y me contó que en ese momento estaba tan despierto como si fuera mediodía. Su hermano Dickon dormía en el lado de fuera y se encontraba profundamente dormido.

»Pues bien, mientras Tom estaba allí pensando, con los ojos vueltos hacia la puerta, esta se abrió lentamente y el que entró por ella fue el viejo Squire Bowes, con el rostro tan cadavérico como lo tenía dentro del ataúd.
»Tom se quedó sin respiración; no podía apartar los ojos de él y sintió que se le erizaba el cabello de la cabeza.

»El Squire llegó al lado de la cama, puso sus brazos por debajo de Dickon y levantó al muchacho, que estuvo todo el tiempo profundamente dormido, llevándoselo fuera, hacia la puerta.
»Así es como Tom Pyke vio la aparición, y estaba dispuesto a jurárselo a cualquiera.
»Cuando sucedió aquello, la luz, que no se sabía de dónde procedía, se apagó de pronto, y Tom ya no pudo ver ni su propia mano delante de él.
»Más muerto que vivo, se quedó tumbado hasta el amanecer.
»Con toda seguridad su hermano Dickon había desaparecido. No pudo encontrar ningún signo de él en toda la casa; y con algunos problemas, consiguió que un par de vecinos le ayudaran a buscarlo en el bosque y por toda la finca. Pero tampoco encontraron signo alguno de su presencia.

»Al final, uno de ellos se acordó de la isla del lago; el pequeño bote estaba amarrado al poste clavado en la orilla del agua. Subieron en él, aunque con pocas esperanzas de encontrarle allí. Sin embargo allí le encontraron, sentado debajo del gran fresno, y con la cabeza perdida. A todas sus preguntas, sólo respondía con un grito: 

«¡Bowes el Diablo! ¡Miradle, miradle, Bowes el Diablo!» Le encontraron como un idiota; y así seguirá hasta que Dios arregle todas las cosas. Nadie ha podido conseguir que vuelva a dormir de nuevo bajo techo. Va de casa en casa mientras hay luz del día; y nadie se ha preocupado por encerrar a ese ser inofensivo en el asilo. Pero la gente prefiere no encontrárselo tras la caída de la noche, pues se piensa que donde él está debe haber cerca cosas peores.

Tras la historia de Tom se produjo un silencio. Él y yo estábamos solos en la habitación grande; yo me encontraba cerca de la ventana abierta, mirando la atmósfera oscura de la noche. Me pareció ver que algo se movía en el exterior y oí un sonido parecido a una conversación susurrada que de pronto se convirtiera en un grito discordante: «¡Huuu! ¡Bowes el Diablo! Encima de tu hombro. 

¡Huuu! ¡Ha! ¡Ha! ¡Ha!» Me levanté y vi, a la luz de la vela con la que Tom llegó corriendo hasta la ventana, los ojos salvajes y el rostro cubierto de tizón de un idiota, y luego, con un repentino cambio del estado de ánimo, se marchó, susurrando y riendo entre dientes para sí mismo, extendiendo el dedo corazón de las dos manos y mirando las puntas como si para él fueran un amuleto.
Tom bajó la ventana. La historia y su epílogo habían terminado. Confieso que me sentí contento cuando unos minutos después escuché en el patio los cascos de los caballos; y todavía más contento cuando, tras despedirme amablemente de Tom, dejé varios kilómetros atrás la olvidada casa de Barwyke.

Joseph Sheridan Le Fanu - Casa en alquiler

Joseph Sheridan Le Fanu - Casa en alquiler


El héroe del presente relato, Michael O'Grady, siguiendo las prescripciones de su médico, decide guardar reposo durante una temporada en la ciudad francesa de Saint-Tropez; pero no en laconocida Ciudad de estrellas de cine y playboys sino en un lugar mucho más siniestro..., dondellega a vivir una serie de acontecimientos macabros y horripilantes, que hemos extractadoespecialmente para usted.

Había estado mucho tiempo enfermo y mi médico y me aconsejó que fuera a pasar la convalecencia en algún pueblecito tranquilo y soleado de la costa meridional francesa, alejándose del clima húmedo y brumoso de mi pueblo natal irlandés.

Nada especial me retenía en Dublín: sin ser rico, disponía de unos ahorros que me permitían vivir con cierta holgura. Desde hacía mucho tiempo carecía de familia, por lo que decidí, una vez que me sentí con fuerzas suficientes, embarcarme para Marsella.

Mi criado, llamado Jones, me acompañó en este viaje. Antiguo Sargento en el ejército de España del duque de Wellington, era, por entonces, un viejo delgado; enérgico y de unos sesenta años de edad. Yo lo apreciaba mucho, no sólo por la devoción que me testimoniaba sino, además, por las numerosas cualidades que le hacían sumamente valioso.

En Marsella, adonde llegamos a principios del año 1840, me indicaron que había una casa en alquiler en un pueblecito de pescadores de la costa provenzal. Insistieron en que se trataba de un lugar muy bello, de clima agradable y maravillosas panorámicas.

 Como el alquiler era muy barato, acabe por aceptar, modificando así los proyectos que tenía de establecerme cerca de Nápoles. Días más tarde llegamos al pueblecito de pescadores. La casa, me dijo el agente inmobiliario al entregarme las llaves, había pertenecido durante cierto tiempo a un célebre marino francés, el bailío de Suffren.
Una vez cerrada la puerta, Jones me miró y me dijo, bruscamente, con esa franqueza castrense tan peculiar en él y que yo tanto admiraba:

—Señor, esta casa no me agrada en absoluto.

Me eché a reír y contesté:

-¿Qué le ves de malo? Por mi parte, la encuentro encantadora, exquisitamente amueblada, bien situada y muy soleada.
Jones se encogió de hombros, gruñó algo que no entendí y se dispuso a subir nuestro equipaje. Mi nueva, residencia se componía de una planta baja, en la que estaban situados el vestíbulo, el salón, el comedor y un despacho, y de un piso superior en el que había tres dormitorios para los señores y dos para los domésticos.

El agente inmobiliario había convenido conmigo en que una mujer del pueblo vendría a hacer la limpieza y a prepararnos las comidas. Me senté en un sillón del despacho y me puse a contemplar el mar a través de la ventana, mientras soñaba en las jornadas felices de que disfrutaría durante mi estancia en aquel lugar tan bonito. Instantes después llamaron a la puerta.

-Entre- dije.

Una pobre mujer, doblada por el peso de los, años y la miseria, apareció en el umbral.

-Soy Gabriella, su cocinera.

La manera de presentarse me hizo sonreír, pues se veía qué aquella humilde pueblerina ignoraba el lenguaje ceremonioso utilizado por los domésticos profesionales. Pero no le di la menor importancia, ya que siempre he sido un hombre sencillo y por encima de todo tipo de prejuicios sociales, y aprecio a las personas por sus valores morales y no por su lenguaje más o menos refinado.

-Muy bien, Gabriella, ha sido un placer el conocerla, respondí- En cuanto a su salario y al trabajo que tendrá que hacer en esta casa, ya se arreglara con Jones.

Luego le dije que podía retirarse. Cuando llegó la hora de la cena, tuve que hacer un tremendo esfuerzo, pues la anciana tenía la costumbre de condimentar mucho las comidas. Más a medida que fue pasando el tiempo, no sólo me acostumbré a ellas, sino que incluso llegaron a gustarme.

A las ocho de la noche, Gabriella regresó a su casa, y yo, cansado por el agotador viaje, decidí acostarme temprano. Le dije a Jones que podía disponer de toda la noche, me dirigí a mi habitación y me metí en la cama. Había cogido una novela francesa de M. Hugo, pero en honor a la verdad, debo confesar que apenas pude llegar a la tercera página; no sé si fue el libro o el cansancio, pero a los pocos minutos. Me quedé profundamente dormido.

Un ruido extraño me despertó y habría jurado que en la habitación había alguien más que respiraba jadeando. La oscuridad era total, por consiguiente, no podía ver nada. Nunca he sido un hombre timorato, como lo demuestra mi historial militar durante el tiempo que serví En la India, pero debo confesar que en aquel instante me sentí dominado por un terror espantoso. Me incorporé en la cama y, no pudiendo resistir más aquella tensión nerviosa, grité:

-¿Quién está ahí?

Nadie contestó, pero tuve la impresión, casi la certeza, de que alguien se aproximaba a mí, pues sentía aquella respiración jadeante cada vez más cercana. Volví a insistir, esta vez aún más nervioso: -¿Quién está ahí?

Algo frío, húmedo y pegajoso rozó mi muñeca. Perdí el control de mis nervios y me puse a gritar con desesperación:

-¡Jones, Jones, corre, ayúdame, socorro, socorro!

Pero todo permaneció tan silencioso como antes. No Se oía nada en toda la casa, y llegué a la conclusión de que Jones estaría divirtiéndose por los bares del pueblo o, quizá, habría sido víctima, asimismo, de aquella cosa, de mi misterioso visitante. Mis gritos parecieron haber parado en seco el avance de aquel espectro, fantasma o lo que fuese, pues sentía su hálito a la misma distancia.

Como no ocurría nada, acabe por apaciguarme y me convencí de que todo no había sido más que una alucinación auditiva. Fue desagradable, por cierto; pero no tenía nada de qué inquietarme. De todas formas, y para acabar con toda duda cogí el mechero y encendí una vela. Al mismo tiempo que la llama empezaba a brillar, oí unos pasos precipitados y un gran ruido, como producido por un tejido grueso restregado con fuerza.

A la luz de la vela comprobé que en mi habitación, no había nadie más que yo, y cuando me disponía a apagar la luz y volver a dormir, mis ojos se clavaron maquinalmente en el suelo; este estaba cubierto de unas manchas negruzcas que en aquel instante no pude identificar. Me bajé de la cama y examiné con más detenimiento aquellas extrañas manchas. 

Lo que vi me llenó de horror: unas huellas de pies desnudos partían de la cabecera de mi lecho y se detenían, no delante de la puerta de la habitación como habría sido lógico suponer, si mi extraño visitante era un ladrón como yo sospechaba, sino delante del muro que daba a la parte posterior de la casa. ¿Había atravesado la pared aquella cosa?

Era, imposible; Ningún ser humano puede atravesar un muro de piedra. Como, aquel misterio ya empezaba a ponerme nervioso otra vez, empecé a gritar con todas mis fuerzas, llamando a Jones; mas fue en vano. Entonces tome una decisión que lamentaría durante el resto de mi vida.

Me vestí con rapidez, sin quitar los ojos del muro cogí mi pistola y me acerque al lugar donde desaparecían las huellas. Al examinar éstas de cerca, comprobé que, en efecto, penetraban en el tabique: la prueba era que una de ellas parecía cortada en dos a ras del plinto. Entonces pensé que podía tratarse de un muro giratorio que daba acceso a una escalera secreta. 

Empujé con todas mis fuerzas en cada centímetro cuadrado de la pared, pero esta no cedía. De repente, oí que en algún sitio del tabique giraban unos goznes invisibles; un rectángulo negro apareció en él, al mismo tiempo que una bocanada de aire pestilente penetraba por mis orificios nasales. Cogí la palmatoria, empuñé mi pistola y franqueé el misterioso umbral. La débil luz que proyectaba mí vela iluminaba una escalera de piedra que se hundía en espiral en las entrañas de la tierra. Me armé de valor y empecé a descender. 

Llegué a contar trescientos noventa y seis escalones; ya casi ni podía respirar, pero puesto que me había embarcado en aquella aventura, lo lógico era seguir hasta el final, descubrir quién era mi extraño visitante nocturno. Empecé a caminar por un pasadizo estrecho por cuyo suelo avanzaban las huellas. Cuando ya había recorrido unas cien yardas, me vi detenido por una pesada puerta de hierro; la empujé, resistió un poco y, al fin se abrió, produciendo un siniestro chirrido.

Por un instante, una luz intensa me deslumbró; pero una vez que mis ojos se hubieron acomodado poco a poco a la misma, me di cuenta de que me encontraba dentro de una inmensa caverna en la que flotaba una especie de bruma lechosa. Incluso me pareció que aquella luz procedía de esta misma bruma. Unas formas movedizas, que apenas podía distinguir, atravesaban mi campo visual. 

Sólo veía con claridad las huellas de los pasos que había seguido hasta allí. Entonces me puse a temblar de horror; a la débil luz de mi vela, había podido discernir el contorno de unas huellas de pies humanos..., pero allí comprobé que estaban sangrantes. ¿Qué cuadro macabro iría a descubrir si me aventuraba a proseguir mi camino? Con seguridad algo siniestro y horripilante. De modo que decidí volver sobre mis pasos, subir a mi habitación y abandonar aquella casa al día siguiente. 

Di media vuelta para buscar la puerta por donde había entrado. Cuál no sería mi estupor y desesperación al comprobar que había desaparecido. En ese momento, una risa sarcástica llegó a mis oídos. Creo que perdí la cabeza y me puse a correr mientras gritaba pidiendo socorro; no sabía adónde iba. Unos ruidos siniestros resonaban en la estancia, mientras sentía que unas cosas inmundas me rozaban, unas formas monstruosas que parecían obstruirme el camino.

Todo esto duró mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo? No lo sé: unos minutos, unos siglos, quizá una eternidad. La bruma era cada vez más espesa y luminosa, mientras unas voces lanzaban alaridos en francés, en inglés, en alemán y en italiano; unas llamadas que yo no comprendía. Y fue entonces cuando comenzó la lluvia de sangre..., Al principio, gruesas gotas- aisladas, luego una verdadera tormenta de sangre que, sin embargo, daba la impresión de respetar el camino que yo tomase y me facilitaba la huida.

-Michael O'Grady —dijo de repente una voz fuerte que rugió como un trueno bajo las bóvedas de la caverna.

Me sobresalté al oír mi nombre, y tras armarme de un valor ilusorio pregunté temblando:

-Sí, soy yo. ¿Quién es usted? ¿Qué desea de mí?
-¿Quién soy yo? No se lo diré en absoluto. En cuanto a lo que quiero, lo único que deseo es
que me ayude en algo muy importante para mí.

Durante unos instantes permanecí mudo de asombro, y cuando traté de hablar de nuevo, esa voz cavernosa y siniestra retumbó en el hediondo antro:

-En el cementerio de Saint-Tropez hay una tumba sin cruz y sin nombre. Deseo que mañana vaya usted a colocar sobre la losa un ramo de flores, y que haga decir tres misas en la iglesia por el reposo de un alma atormentada. ¿Me promete usted que cumplirá mi deseo?

¿Qué habría hecho usted, lector, en mi lugar? Le prometí que cumpliría todos sus deseos, lo que quisiera. Mi invisible interlocutor prosiguió:

-De, acuerdo. Pero no olvide de cumplir su promesa. Sobre todo, Michael O’Grady, no la olvide.

Hubo un brusco y pesado silencio, preñado de tácitas amenazas, y luego la voz continuó:

-Y ahora, regrese a su habitación.

Se calló, la lluvia de sangre cesó de caer y la puerta de hierro, situada a unos metros delante de mí, empezó a elevarse hasta que quedó completamente abierta. A pesar de mi emoción, no había soltado ni mi pistola ni la vela, y me lancé con rapidez hacia la puerta, corriendo como un gamo por el ahora libre pasadizo.

No sé cómo pude encontrar el camino de regreso; lo cierto es que minutos más tarde me hallaba acostado en mi cama, y después quedé sumido en el más profundo de los sueños, sin tener la más ligera pesadilla. Al día siguiente por la mañana, Jones vino a despertarme. Mientras descorría las cortinas de la ventana, a través de las cuales radiaba el sol de un hermoso día, y se disponía a prepararme el desayuno, yo, poco a poco; me despeje -por completo del sueño de la víspera.

-Dime una cosa, Jones -pregunté-; ¿a qué hora regresaste anoche a casa?
-Entre las once y las doce, Señor.
¿No oíste nada sospechoso?
-No, Señor.

Jones se dispuso a prepararme el desayuno, sin conceder la menor atención a la pregunta, para mí tan importante, que le había formulado. Pero, de repente, se volvió bruscamente, clavó en mí sus acerados ojos y me dijo a quemarropa:

-Ruego al señor que me perdone, pero anoche oí unas cosas muy extrañas, mientras bebía unos vasos en una taberna del pueblo. Resulta que mis impresiones sobre esta casa, aquellas que le expuse ayer al señor, fueron confirmadas por unos pescadores en ese lugar.

Me dijeron que esta casa tiene muy mala reputación, y, que jamás ningún inquilino ha permanecido mucho tiempo en ella, desde la muerte del bailío de Suffren. La gente llegaba, pero a los pocos días la abandonaba como Si estuviera habitada por mil fantasmas o por el espectro del difunto bailío. Bueno, eso es lo que me contaron los pescadores.

Como Jones era para mí, más que un doméstico, un amigo, detalle que ya expuse al lector al principio del presente relato, le conté todo lo que me había sucedido durante mi aventura nocturna de la víspera. A medida que le relataba todos los pormenores de la misma, observé que su rostro se endurecía. Cuando termine, Jones movió la cabeza con aire de persona entendida en la materia y dijo:

-Creo, señor, que ya sé lo que ha sucedido. Si me lo permite, voy a hacer una pequeña investigación por mi cuenta para cerciorarme de lo que sospecho.

Acepté curioso la proposición de mí doméstico. Este empezó por examinar el muro. Ya no había ninguna de aquellas huellas sangrientas, ni tampoco ningún fragmento de materia negra Jones trató de encontrar la entrada de la escalera secreta. Fue en vano. 
Se puso a golpear el muro, tratando de localizar algún punto que sonara a hueco, pero tampoco tuvo éxito en esta tarea. 

Perplejo, mi pobre doméstico me propuso derribar el muro con un pico y un buen martillo. Me opuse a ello, alegando que la casa no era nuestra como para ponernos a destrozarla., El día era muy hermoso, la atmósfera estaba saturada del perfume de las flores y yo me encontraba de muy buen humor; acabe por decirle al Jones, para disuadirle del todo:

-Escucha, Jones no vale la pena que te calientes más la cabeza tratando de descubrir la puerta secreta. Probablemente he tenido una pesadilla, y Si tuviéramos que hacer caso de todos los sueños, tendríamos para largo. Vamos, déjalo y ocupémonos en otras cosas. Al mediodía, me pareció que Gabriella me miraba de una forma muy extraña, con ojos en los que brillaba una especie de curiosidad malsana., No le habría dado mucha importancia a este detalle si, hacia el final de la comida, no me hubiera murmurado al oído, al pasar junto a mí, las siguientes y misteriosas palabras:

-Saint-Tropez tiene un cementerio muy bonito; creo que al señor le interesaría sacrificar unas horas y visitarlo lo antes posible.

Ah! ¡La miserable vieja! De golpe y porrazo, todos los terrores y angustias de la noche pasada acudieron a mi mente, y sentí unas ansias locas de estrangular con, mis propias manos a la cocinera. Pero me calme casi al instante, pensando que sólo podía tratarse de una simple coincidencia. Por lo demás, ¿cómo podía Gabriella estar al corriente de aquella espantosa pesadilla?

Después de comer, decidí dar un largo paseo por los alrededores. Jones me acompañó. Nos pusimos a caminar en silencio por las calles de aquel pueblecito de pescadores. Me agradó mucho ver sus casas altas y estrechas, tan cerca unas de otras que habría sido posible saltar de una vivienda a la de la acera de enfrente. Unas mujeres, engalanadas con oropeles multicolores, hablaban en el lenguaje cantarín y animado típico de aquella región. 

Finalmente llegamos a La Poche, el puerto de los pescadores. El mar estaba tan tranquilo como una balsa de aceite, cosa que me extraño, ya que desde mi infancia estaba acostumbrado al tormentoso océano Atlántico. Algunas velas blancas se divisaban en el horizonte, bajo un cielo azul puro. Me sentía dichoso de vivir en, aquel pacífico y bello pueblecito de pescadores, y olvidé la pesadilla que había tenido la víspera.

Sólo el azar guiaba en aquel instante nuestros pasos, mientras Jones y yo caminábamos por un sendero bordeado de setos en flor. Daba gusto respirar el aire marino y sentir Sobre la piel la calurosa caricia del sol. Una verja de hierro en muy mal estado nos cortó el paso cuando, al llegar al final del sendero, nos vimos obligados a girar a la izquierda; me acerque a ella, la abrí sin ninguna dificultad y momentos después, nos encontrábamos en el interior del cementerio. 

Aquella sorpresa no me pareció nada extraña, sino una cosa meramente fortuita, que me ofrecía la oportunidad de visitar el cementerio y satisfacer la curiosidad que habían despertado en mí las palabras de mi cocinera. En lugares semejantes, es corriente encontrar tanto bonitas tumbas como emocionantes inscripciones grabadas en ellas. Ese cementerio no tenía el aspecto siniestro y mórbido de nuestros camposantos nórdicos. Jones, que siempre había sido un hombre supersticioso, me dijo que prefería esperarme fuera mientras yo satisfacía mi curiosidad. 

Le di mi permiso y me puse a recorrer el cementerio, fijándome de vez en cuando en aquellas tumbas que llamaban mi atención. Ninguna de ellas daba impresión de tristeza: las lápidas de color rosa o blanco estaban casi cubiertas por una exuberante vegetación, y daba la impresión de que por todas partes brotaban flores.

De repente, me sentí dominado por una espantosa sensación de terror; me encontraba ante una lápida gris, desnuda, siniestra, sin inscripción ni flores. Una impresión abominable de asco parecía emanar de ella. Algunas imágenes furtivas pasaron por delante de mis ojos. Creí que volvía a oír la extraña voz de la caverna. No pude soportarlo más y salí huyendo.

Aquella misma tarde me marché de Saint-Tropez. Había intentado enterarme de aquello que encerraba esa tumba, pero ninguna de las personas a las que interrogue supo satisfacer mi curiosidad. Cuando oían mi pregunta, se santiguaban y trataban de cambiar de conversación. Nadie sabía nada o, seguramente, nadie quería saber nada... Entonces me acorde de Gabriella; ella sí que podría decirme lo que encerraba la siniestra tumba. La busque por todas partes, pero no pude hallarla; había desaparecido, nadie la había visto. Cualquiera habría pensado que se había volatilizado en el aire sin dejar el más mínimo rastro.

A pesar de todo, cumplí con la promesa que le hiciera a aquello que habitaba en las profundidades de la caverna de la casita que había alquilado; ordene que cubrieran de flores la misteriosa tumba y luego fui a ver al cura del lugar, para pagarle tres misas por el eterno descanso de un alma en pena. Cuando el sacerdote oyó mis palabras, se asombró tanto como si le hubiese preguntado dónde se hallaba la tumba del conde Drácula. Una vez pasado su estupor dijo:

-Lo siento mucho, mas no puedo complacerle. De todas formas, le agradecería que me dijera por qué desea que diga tres misas por un alma en pena. ¿Qué interés le guía al intentar pagarme esas
tres misas? Disculpe mi curiosidad, pero es que me extraña mucho.

Entonces le conté toda mi espantosa historia, Sin ahorrar el más mínimo detalle; desde aquella primera noche en que entrara en mi habitación el misterioso y furtivo visitante, hasta el instante en que oí su siniestra voz haciéndome prometerle que depositaría unas flores sobre aquella tumba y haría dar tres misas por un alma en pena.

Observé cómo el sacerdote, mientras yo hablaba, me escuchaba con mucha atención, sin adoptar esa postura, con la que generalmente se suele escuchar el relato de una persona neurótica de mente ardiente e imaginativa, sino todo lo contrario; como si le estuviera contando algo importante e interesante para él. Cuando termine mi relato, el cura permaneció silencioso durante unos segundos, como si estuviera meditando sobre todo lo que había dicho. Luego, se levantó y se puso a pasear, al mismo tiempo que me decía:

-La Iglesia; como usted sabe, desconfía en grado sumo de las visiones y manifestaciones de ese género. A mi juicio, creo que su sueño tiene una causa muy natural, y que esa historia de la tumba misteriosa del cementerio de nuestro pueblo no es más que una simple coincidencia.
-Pero usted también sabe -le respondí respetuosamente que la Casa del bailíode Suffren goza de mala reputación entre los habitantes del pueblo, es decir, todos creen que allí ocurren cosas muy extrañas, como si estuviera embrujada. ¿Qué puede decirme a este respecto? ¿Cuál es su autorizada opinión sobre tan misteriosos hechos?

Mas el sacerdote no pudo o no quiso decirme nada, alegando que hacía poco que residía en Saint-Tropez, pero que, de todas formas, no hiciera caso de aquellas historias de resucitados y duendes a la que tan inclinados son los marineros, sean del país que fueren. Salí de la sacristía con la conciencia en paz. ¿Pero por qué entonces, se preguntará el lector, me marché tan pronto del pueblo, sin querer pasar ni una noche más en aquella casa?

Tenía un motivo muy poderoso; cuando abrí la puerta de la casa, oí muy claramente, y Jones, que me seguía, también oyó la voz que me decía:

-Muchísimas gracias, Michael O'Grady.