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domingo, 17 de junio de 2018

H.P. Lovecraft - Más allá de los eones

Howard Phillips Lovecraft & Hazel Heald


(Manuscrito hallado entre los papeles del fallecido Richard H. Johnson,
doctor en Filosofía, miembro del Cabot Museum de Arqueología de Boston, Mass.)

I
No es probable que nadie de Boston -ni los lectores asiduos de cualquier otro lugar- olvide el extraño caso del Cabot Museum. La publicidad que dieron los periódicos a esa momia infernal, las antiguas y terribles leyendas vagamente relacionadas con ella, la morbosa oleada de interés, y los cultos que nacieron en torno suyo durante el año 1932, junto con el espantoso final de los dos intrusos, ocurrido el día primero de diciembre de aquel año, fueron circunstancias que dieron lugar a uno de esos misterios clásicos que se perpetúan a través de las generaciones como tema de tradición popular, y llegan a convertirse en el núcleo de auténticos ciclos mitológicos de terror.

Todo el mundo parece darse cuenta, además, de que se ha suprimido algo muy vital, algo espantoso, de las informaciones ofrecidas al público sobre su horrible desenlace. Las alusiones que se hicieron en un principio acerca del estado de uno de los dos cuerpos, fueron soslayadas y pasadas por alto con demasiada precipitación; tampoco se dio publicidad a las extraordinarias modificaciones experimentadas por la momia. Y otra cosa que sorprendió al público fue el hecho singular de que nunca más se restituyera la momia a la vitrina donde estuvo expuesta. En estos tiempos en que la taxidermia ha progresado tanto, el pretexto de que su estado de desintegración hacía imposible exhibirla, parece particularmente endeble.

Como miembro del gabinete de conservación del Museo estoy en condiciones de revelar todos los hechos omitidos, aunque no lo haré en tanto me encuentre con vida. Hay cosas en el mundo y en el universo que deben permanecer ignoradas de la mayoría, y mantengo la idea de que todos nosotros -el personal del Museo, los periodistas y la policía- hemos contribuido a crear este clima de horror. Con todo, no me parece correcto que un asunto de importancia científica e histórica tan abrumadora permanezca enteramente en silencio: de ahí la relación que he redactado para beneficio de los investigadores serios. La colocaré entre los diversos documentos que se deberán examinar después de mi muerte, dejando se le dé el destino que mis albaceas consideren conveniente.


Ciertas amenazas y hechos extraordinarios, acontecidos durante las pasadas semanas, me han llevado a pensar que mi vida -así como la de otros miembros del Museo- está en peligro por insidias de ciertas sociedades secretas de orden místico, de procedencia asiática y polinesia en particular. De ahí la posibilidad de que mis albaceas tengan que intervenir pronto. (Nota de los albaceas: El Doctor Johnson murió de modo repentino en una crisis cardíaca, pero bajo circunstancias un tanto misteriosas, el 22 de abril de 1933. Wentworth Moore, taxidermista del museo, desapareció a mediados del mes anterior. El 18 de febrero del mismo año, el Doctor William Minot, que dirigió la autopsia relacionada con el caso, fue apuñalado por la espalda, falleciendo al día siguiente.)

Creo que los hechos debieron comenzar allá por el año 1879, mucho antes de dimitir yo de mi cargo, a raíz del momento en que el museo adquirió aquella misteriosa momia a la Orient Shipping Company. Su descubrimiento constituyó, en sí, un suceso ominoso, ya que provenía de una cripta de origen desconocido y de fabulosa antigüedad, hallada en un islote que emergió repentinamente del fondo del Pacífico.

El 11 de mayo de 1878, el capitán Charles Weatherbee del carguero Eridanus, que había Zarpado de Wellington, Nueva Zelanda, con rumbo a Valparaíso, Chile, avistó una isla de evidente origen volcánico, no consignada en las cartas de navegación. Emergía de la mar en forma de cono truncado. El capitán Weatherbee bajó a tierra al mando de una expedición. Las abruptas laderas por las que ascendieron mostraban claras huellas de una prolongada inmersión, en tanto que en la cima descubrieron señales recientes de destrucción, tal vez producidas por un temblor de tierra. 

Entre las rocas dispersas había sólidas piedras de forma manifiestamente artificial. Tras una breve inspección se dieron cuenta de que se hallaban ante una de esas obras de sillería que se encuentran en ciertas islas del Pacífico y que constituyen un perpetuo enigma arqueológico. Finalmente, los marineros entraron en una sólida cripta de piedra -que al parecer había formado parte de un edificio mucho más grande, construido originalmente bajo tierra-, y allí, acurrucada en un rincón, hallaron la momia espantosa. 

Después de unos instantes de perplejidad, ante la visión de los relieves que adornaban los muros, los hombres se decidieron a llevarse la momia al barco, no sin gran repugnancia y miedo de tocarla. Junto al cuerpo, como si hubiera estado una vez entre sus ropajes, había un cilindro de metal desconocido que contenía un rollo de membrana blanquiazul, de naturaleza igualmente desconocida, escrita con raros caracteres de color grisáceo. En el centro del gran piso de piedra había algo así como una losa movible, pero la expedición carecía de los medios adecuados para abrirla.

El Cabot Museum, recientemente establecido en aquel entonces, tuvo noticia del descubrimiento e inmediatamente hizo las gestiones para adquirir la momia y el cilindro. Pickman, miembro también del museo, realizó un viaje a Valparaíso y equipó una goleta para hacer un reconocimiento de la cripta donde habían descubierto el ejemplar. Pero se llevó un chasco. En la marcación registrada de la isla no se veía más que la ininterrumpida superficie de la mar. Los exploradores dedujeron que las mismas fuerzas sísmicas que la habían hecho aparecer repentinamente, la sumergieron de nuevo en las profundidades del agua, donde ya había permanecido cobijada durante incontables miles de años. El secreto de aquella trampa inamovible no se resolvería jamás. No obstante, quedaban la momia y el cilindro. 

Y a primeros de noviembre de 1879 colocamos aquélla en la sala de las momias para su exhibición. El Cabot Museum de Arqueología, especializado en restos de civilizaciones antiguas y desconocidas que no caen dentro del dominio del arte, es una institución pequeña y de escaso renombre, aunque muy bien considerada en los círculos científicos. Se encuentra en el distrito de Beacon Hill, verdadero corazón de Boston -en Mt. Vernon Street, cerca de Joy-, alojado en una antigua mansión particular, a la que se había agregado un ala en la parte trasera, y que constituía el orgullo de su austero vecindario, hasta que los terribles acontecimientos le acarrearon recientemente una popularidad nada deseable. 

La sala de las momias, que ocupa el lado oeste de la segunda planta del edificio primitivo (proyectado por Bullfinch y erigido en 1819), está considerada por historiadores y antrop6logos como la mejor de América en su género. En ella pueden encontrarse muestras características de las técnicas egipcias de momificación, desde los primitivos ejemplares de Sakkarah hasta los últimos intentos coptos de la decimoctava dinastía; también hay momias de otras culturas, incluso ejemplares hallados recientemente en las islas Aleutinas, figuras agonizantes pompeyanas, sacadas en escayola de los trágicos vaciados que se encontraron entre las cenizas que inundaron la ciudad, cuerpos momificados por causas naturales, hallados en minas y otras excavaciones, procedentes de todas partes, algunos sorprendidos en posturas grotescas, ocasionadas por la angustia de la muerte... En una palabra, hay de todo lo que cabe esperar de una colección de este género. En 1879, naturalmente, la colección era mucho más amplia que hoy. No obstante, aun entonces era ya considerable. Pero aquel cuerpo horrible hallado en la cripta ciclópea de una isla efímera fue siempre la principal atracción y estuvo rodeado del misterio más impenetrable.

La momia correspondía a un hombre de estatura mediana, de raza desconocida, colocado en cuclillas, aunque de una forma bastante extraña. El rostro, protegido a medias por unas manos casi en forma de garras, tenía la mandíbula inferior extraordinariamente pronunciada, en tanto que las arrugadas facciones mostraban una expresión de pavor tan espantosa, que pocos espectadores podían contemplarla con indiferencia. Sus ojos estaban cerrados, con los párpados apretados fuertemente sobre unos ojos abultados y saltones. Conservaba algunos mechones de cabello y de barba, del mismo color ceniciento que el resto. La contextura del cuerpo aquel era mitad piel y mitad piedra, lo que planteaba un problema insoluble a los expertos que trataban de averiguar cómo había sido embalsamado. 

En ciertos sitios se veían pequeñas roturas, agujeros producidos por el tiempo y el deterioro. Aún conservaba pegados a la piel algunos jirones de un tejido peculiar, con rastros de dibujos desconocidos. Sería muy difícil decir por que exactamente resultaba tan horrible. En primer lugar, se sentía ante ella una impresión vaga e indefinible de ilimitada antigüedad, de algo absolutamente ajeno a nosotros, como si se asomara uno al borde de un abismo de insondable tiniebla... Pero, fundamentalmente, era la expresión de pánico cerval que se leía en aquel rostro arrugado, prognático, medio escudado por las manos. Semejante símbolo de terror infinito, cósmico diría yo, no podía menos de comunicar ese sentimiento al espectador, entre brumas de misterio y vana conjetura.

Algunos de los que solían frecuentar el Cabot Museum para visitar esta reliquia de un mundo anterior y olvidado, no tardaron en adquirir fama de impíos. Pero la institución en sí, gracias a su reserva y discreción, no se vio envuelta en el sensacionalismo popular. En el pasado siglo esta clase de prensa no había invadido el campo del saber hasta el extremo que ha llegado hoy. Como es natural los sabios procuraron hacer todo lo posible por clasificar aquel objeto espantoso, aunque sin éxito alguno. Las teorías de una civilización desaparecida en el Pacífico, de la que quizá fuesen vestigios probables las esculturas de la isla de Pascua y las construcciones megalíticas de Ponapé y Nan-Matal, era bastante común entre los eruditos. Las revistas especializadas suscitaban variadas y frecuentes polémicas en torno a un posible continente primordial cuyas cimas más elevadas sobrevivían en las miríadas de islas de Melanesia y Polinesia. 

La diversidad de fechas que se asignaron a la hipotética y desaparecida cultura -o continente- era a la vez sobrecogedora y divertida. No obstante, se hallaron alusiones tan sorprendentes como importantes en determinados mitos de Tahití y otras islas vecinas. Entretanto, el extraño cilindro y el indescifrable rollo de desconocidos jeroglíficos, cuidadosamente guardados en la biblioteca del museo, recibía también su parte de atención pública. Nadie ponía en duda su relación con la momia; todo el mundo estaba convencido de que, al desentrañar el misterio de los jeroglíficos, el enigma de aquel horror arrugado y encogido se resolvería también. El cilindro, de unos diez centímetros de diámetro, era de un metal iridiscente que desafiaba cualquier análisis químico, ya que por lo visto era resistente a todo reactivo. Tenía una tapa del mismo metal que encajaba muy ajustadamente, e iba adornado con figuras de indudable valor decorativo y de naturaleza posiblemente simbólica. Se trataba de unos dibujos convencionales que parecían obedecer a un sistema de geometría singularmente extraño, paradójico y de difícil descripción.

No menos misterioso era el rollo que contenía. Se trataba de un pergamino delgado, blancoazulado, imposible de analizar, enrollado alrededor de una fina varilla del mismo metal que el cilindro. Desenrollado dicho pergamino tendría una longitud de algo más de medio metro, y estaba cubierto de grandes y firmes jeroglíficos que se extendían en estrecha columna por el centro del rollo. Estaban dibujados o pintados con una sustancia gris desconocida para los paleógrafos, y no pudieron ser descifrados pese a haber sido enviadas fotocopias a todos los expertos en esta materia. 

Es cierto que unos cuantos eruditos, sorprendentemente versados en literatura ocultista y mágica, encontraron vagas semejanzas entre algunos de los jeroglíficos y ciertos símbolos primarios descritos o citados en dos o tres textos esotéricos muy antiguos, como el Libro de Eibon, procedente según se cree de la olvidada Hyperborea, los Fragmentos Pnakóticos, conceptuados como prehumanos y el monstruoso y prohibido Necronomicon, obra del loco Abdul Alhazred. Sin embargo, ninguna de estas semejanzas estaba totalmente clara, y a causa de la mala reputación que gozan las ciencias ocultas, no se hizo ningún esfuerzo por facilitar copias de los jeroglíficos a los iniciados en tales literaturas místicas. De habérseles proporcionado estas copias al principio, tal vez hubiera sido muy diferente el desarrollo posterior de los acontecimientos. 

La verdad es que habría bastado con que un lector familiarizado con los Cultos sin Nombre de von Junzt hubiera echado una mirada a los jeroglíficos para advertir una relación de significado inequívoco. En este periodo, empero, los lectores de este texto blasfemo eran muy escasos, toda vez que los ejemplares de la obra habían desaparecido casi por completo durante el periodo comprendido entre la prohibición de su edición original (Dusseldorf, 1839) y de la traducción de Bridewell (1845), y la nueva impresión censurada que llevó a cabo la Golden Goblin Press en 1909. Prácticamente ningún ocultista, ningún estudioso de las ciencias esotéricas del pasado primordial, había orientado su atención hacia el extraño rollo, hasta el estallido de sensacionalismo periodístico que precipitó el horrible desenlace.
II


Así, pues, el tiempo transcurrió en forma relativamente apacible durante los cincuenta años siguientes a la instalación de la espantosa momia en el museo. Aquella criatura horrible adquirió cierta celebridad local entre la gente cultivada de Boston, pero nada más. Por lo que se refiere al cilindro y al rollo, después de infructuosos estudios, el asunto cayó materialmente en el olvido. Tan sosegado y conservador era el Cabot Museum que a ningún periodista ni escritor se le ocurrió nunca invadir sus pacíficos recintos en busca de asuntos que asombrasen al público. 

La invasión periodística comenzó en la primavera de 1931, cuando una compra de naturaleza un tanto espectacular -la de ciertos objetos extraños y unos cuerpos inexplicablemente bien conservados, que fueron descubiertos en unas criptas bajo las ruinas infames del Château de Faussesflammes, en Averoigne, Francia- puso al museo en las primeras columnas de la prensa. Fiel a su norma de «embarullar» las cosas, el Boston Pillar envió a un articulista de la edición dominical con la misión de ocuparse del acontecimiento y de hinchar la información que proporcionase el propio museo. 

Y este joven, llamado Stuart Reynolds, encontró en la momia innominada un poderoso aliciente, que sobrepasaba con mucho a las recientes adquisiciones que eran el principal motivo de su visita. Reynolds poseía un conocimiento superficial de la teosofía y era aficionado a especulaciones del tipo de las del coronel Churchward y Lewis Spence sobre continentes perdidos y civilizaciones olvidadas, lo que le hacía particularmente sensible a cualquier reliquia remotísima, como la susodicha momia de desconocido origen.

En el museo, el periodista se hizo insoportable con sus constantes y no siempre inteligentes preguntas, y con sus interminables ruegos para que se corriesen los objetos expuestos con el fin de permitir a los fotógrafos que trabajasen desde ángulos poco corrientes. En la sala de la biblioteca escudriñó incansablemente el extraño cilindro de metal y el rollo de pergamino; los fotografió de todas las maneras y tomó las placas de cada fragmento de aquel texto fantástico. 

Asimismo, solicitó consultar todos los libros que hiciesen cualquier referencia a culturas primitivas y continentes sumergidos... Se estuvo más de tres horas tomando notas hasta que, por último, cerró su cuaderno y salió directamente para Cambridge con el fin de echar una mirada (caso de conseguir el permiso correspondiente) al prohibido Necronomicon, de la Biblioteca Widener. El cinco de abril apareció su artículo en la edición dominical del Pillar, literalmente ahogado entre fotografías de la momia, del cilindro y de los jeroglíficos del rollo; el texto estaba redactado en ese estilo característico, simple y pueril, que adopta el Pillar para beneficio de su enorme y mentalmente inmadura clientela. 

Plagado de inexactitudes, de exageraciones y de sensacionalismo, resultó ser exactamente la clase de noticia que excita a los insensatos y atrae la atención de las multitudes. La consecuencia fue que el museo, de sosegada vida hasta entonces, comenzó a llenarse de una muchedumbre parlanchina y fisgona que nunca habían conocido sus majestuosos corredores. A pesar de la puerilidad del artículo, tuvimos también visitantes de alto nivel intelectual, ya que las fotos hablaban por sí mismas, y vinieron personas de vasta cultura que sin duda habían leído la noticia por pura casualidad. Recuerdo a este propósito que, en el mes de noviembre, se presentó por allí un personaje extrañísimo. 

Era un hombre moreno y con turbante, de rostro inexpresivo, barba poblada y manos toscas enfundadas en unos absurdos mitones blancos. Su voz sonaba hueca y artificial. Dio su lacónica dirección en West End y dijo llamarse Swami Chandraputra. Este individuo estaba asombrosamente versado en ciencias ocultas y parecía hondamente impresionado por las semejanzas que aseguraba haber descubierto entre los jeroglíficos del rollo y ciertos signos y símbolos de un mundo anterior, acerca del cual poseía él un extenso conocimiento.

Por el mes de junio, la fama de la momia y del rollo se extendió mucho más allá de Boston, y el personal del museo tuvo que soportar interrogatorios y solicitudes de permiso para tomar fotografías, por parte de un enjambre de ocultistas y amantes del misterio venidos del mundo entero. Todo esto no resultaba precisamente agradable a nuestro personal, ya que nos teníamos por una institución científica, sin simpatía alguna por soñadores ni fantasiosos. 

No obstante, contestábamos a todas las preguntas con la mayor cortesía. Una consecuencia de estas entrevistas fue otro artículo que apareció en The Occult Review, esta vez firmado por el famoso místico de Nueva Orleans, Etienne-Laurent de Marigny, en el cual afirmaba la completa identidad existente entre algunos de los jeroglíficos del rollo y ciertos ideogramas de horrible significado (copiados de monolitos primordiales o de rituales secretos de sociedades de fanáticos e iniciados esotéricos), que figuraban en el infernal Libro Negro o Cultos sin Nombre de von Junzt.

De Marigny recordaba la muerte espantosa de von Junzt, ocurrida en 1840, un año después de la publicación de su terrible libro en Dusseldorf, y comentaba las terroríficas y en cierto modo sospechosas fuentes de su saber. Sobre todo subrayaba el enorme interés que tenían, para el caso, ciertos relatos de von Junzt relativos a los tremendos ideogramas que él reproducía en su libro. No podía negarse que estos relatos, en los que se citaban expresamente un cilindro y un rollo, sugerían cuando menos cierta afinidad con los objetos del museo. 

Aun así, eran de una extravagancia tal -puesto que suponían periodos enormes de tiempo y fantásticas anomalías de un mundo anterior-, que se sentía uno mucho más inclinado a admirarlos que a creerlos. Admirarlos, ciertamente, el público los admiraba, puesto que el espíritu de imitación, en la prensa, es universal. En todas partes surgieron artículos ilustrados en los que se hablaba de los relatos del Libro Negro, se los relacionaba con el horror de la momia, se comparaban los dibujos del cilindro y los jeroglíficos del rollo con las figuras reproducidas por von Junzt, y en todos ellos se aventuraban las teorías más disparatadas y chocantes. 

La concurrencia del museo se triplicó, y este creciente interés lo veíamos confirmado a diario por la abundante correspondencia -superflua, insustancial en la mayoría de los casos- que sobre este tema se recibía en el museo. Evidentemente la momia y su origen -para el público imaginativo- constituyeron el tema más apasionante de los años 1931 y 1932. Por lo que respecta a mí mismo el efecto principal de este furor fue el de hacerme leer el monstruoso libro de von Junzt en la edición de Golden Goblin... Su lectura atenta me dejó confuso y asqueado, y aun me sentí dichoso de no haber manejado el texto íntegro, en su edición original.
III

Las antiquísimas historias que se relataban en el Libro Negro sobre los dibujos y símbolos, que tan íntimamente parecían relacionarse con los del cilindro y el rollo, eran de tal naturaleza que le mantenían a uno subyugado y sobrecogido. Salvando un abismo incalculable de tiempo -muchísimo antes de la aparición de todas las civilizaciones, razas y continentes conocidos por nosotros-, aquellas historias giraban en torno a una nación y un continente perdidos en la nebulosa Era primordial. Aquel país era conocido legendariamente con el nombre de Mu, y según ciertas tablillas escritas en la primigenia lengua naacal, floreció hacia 200.000 años, cuando la desaparecida Hyperborea rendía un culto sin nombre al dios amorfo Tsathoggua. 

Se hacía referencia a un reino o provincia, llamado K'naa, situado en una tierra muy antigua, cuyos primeros pobladores humanos hallaron ruinas monstruosas, abandonadas por sus remotos moradores: seres extraños venidos de las estrellas en oscuras oleadas, que vivieron durante miles y miles de siglos en un mundo ignorado y naciente. K'naa era un lugar sagrado, puesto que en su centro de frío basalto se elevaba orgulloso el Monte de Yaddith-Gho coronado por una fortaleza gigantesca de piedras enormes, infinitamente más vieja que el género humano, y edificada por razas de Yuggoth que habían venido a colonizar nuestro planeta antes del primer brote de vida terrestre. 

La raza de Yuggoth se había extinguido varias evos antes, pero había dejado tras ella algo monstruoso y terrible que no desaparecería jamás: su dios infernal o demonio protector, Ghatanothoa, que había descendido a las criptas subterráneas del Yaddith-Gho para iniciar allí una vida latente y eterna. Ningún ser humano había subido jamás por las laderas del Yaddith-Gho, ni había visto aquella fortaleza infame sino como una silueta lejana y exótica que se recortaba contra el cielo. Sin embargo, muchos autores estaban de acuerdo en afirmar que Ghatanothoa estaba allí todavía, oculto, enclaustrado en los insospechados abismos que se hundían bajo los muros megalíticos. En todo tiempo, hubo siempre partidarios de hacer sacrificios a Ghatanothoa, a fin de que no abandonase sus tenebrosas moradas y emergiera en el mundo de los hombres, como había sucedido en los remotísimos tiempos de la raza Yuggoth.

Se decía que si no se le ofrecía ninguna víctima, Ghatanothoa se arrastraría hacia la luz como una exudación de las tinieblas, y se derramaría por las laderas de basalto del Yaddith-Gho, arrasando y destruyendo todo aquello que encontrara a su paso. Ningún ser vivo podía contemplar a Ghatanothoa, ni siquiera una imagen suya por pequeña que fuese, sin sufrir algo peor que la muerte. La visión del dios o de su imagen, como aseguraban las leyendas de Yuggoth, significaba una parálisis y petrificación de lo más sorprendente y extraño: la víctima se convertía en piedra y cuero por fuera, en tanto que, en su interior, el cerebro permanecía perpetuamente vivo... fijo y preso a través de los siglos, enloquecedoramente consciente del paso interminable de los años, en una irremediable pasividad, hasta que el azar o el tiempo consumasen la destrucción de la corteza pétrea que lo aprisionaba, exponiéndose a la muerte.

La mayoría de esos cerebros, naturalmente, enloquecían muchísimo antes de que les llegara su último descanso, diferido a tantos evos después. Ningún ojo humano, se decía, había visto jamás a Ghatanothoa, aunque el peligro, en la actualidad, era tan grande como lo había sido en tiempos de la raza de Yuggoth. Y así, había un culto en K'naa en el que se adoraba a Ghatanothoa, y cada año se sacrificaban doce guerreros y doce doncellas. Estas víctimas eran ofrecidas en los altares del templo de mármol, al pie de la montaña, ya que nadie se atrevía a subir la ladera de basalto del Yaddith-Gho y acercarse a la fortaleza ciclópea de su cresta. Inmenso era el poder de los sacerdotes de Ghatanothoa, porque de ellos dependía la protección de K'naa y de toda la tierra de Mu, contra la aparición petrificadora de la terrible divinidad.

Había en el territorio un centenar de sacerdotes del Dios Oscuro, que se hallaban bajo las órdenes de Imash-Mo, el Sumo Sacerdote, que incluso caminaba delante del Rey Thabou en las fiestas de Nath, y permanecía orgullosamente de pie, mientras el rey se arrodillaba ante el santuario. Cada sacerdote poseía una casa de mármol, un cofre de oro, doscientos esclavos y cien concubinas, a lo que se sumaba una completa inmunidad respecto a la ley civil y un poder absoluto sobre la vida y la muerte de todos los habitantes de K'naa, excepto los sacerdotes del rey. 

No obstante, a pesar de tales protectores, existía en esta tierra el temor de que Ghatanothoa surgiera de las profundidades y descendiese de la montaña para traer el horror y la petrificación del género humano. En los últimos años, los sacerdotes prohibieron a los hombres aun pensar o imaginar el espantoso aspecto que el dios pudiera tener. Fue el Año de la Luna Roja (von Junzt lo estima entre el siglo 173 y 148 a. de J), cuando un ser humano se atrevió por vez primera a desafiar a Ghatanothoa y la tremenda amenaza que representaba. Este hereje temerario fue T'yog, Sumo Sacerdote de Shub-Niggurath y guardián del templo de cobre de la Cabra de los Mil Hijos. 

T'yog había meditado mucho sobre los poderes de los diferentes dioses, y había tenido extraños sueños y revelaciones sobre la vida de este mundo y de los mundos anteriores. Al final, convencido de que los dioses favorables al hombre podrían ser llamados a aliarse contra los dioses hostiles, creyó que Shub-Niggurath, Nug y Yeb, así como Yig, el Dios-Serpiente, estarían dispuestos a formar una coalición con el hombre y luchar contra la tiranía de Ghatanothoa. Inspirado por la Diosa Madre, T'yog escribió una fórmula extraña en los caracteres hieráticos de la lengua naacal, con la que creía inmunizar al que la poseyera contra el poder petrificador del Dios Oscuro. 

Con esta protección -pensó- le sería posible a un hombre intrépido emprender la ascensión de la temible pendiente de basalto y penetrar, por primera vez en los anales de la historia, en la ciclópea fortaleza bajo la cual Ghatanothoa vivía en la muerte. Enfrentándose con el dios, y bajo la protección de Shub-Niggurath y de sus hijos, T'yog creía que podría vencerlo, salvando así al género humano de su latente amenaza. Una vez liberada la humanidad gracias a él, podría exigir honores sin límite. Todos los privilegios de los sacerdotes de Ghatanothoa le serían transferidos forzosamente a él, y aun la dignidad de rey o la del dios estarían al alcance de su mano.

T'yog escribió su fórmula protectora sobre una tira de membrana de pthagon (según von Junzt, epitelio interno del extinguido saurio Yakith), y la guardó en un cilindro hueco de metal lagh, desconocido hoy en toda la tierra, que habían traído los Dioses Arquetípicos desde Yuggoth. Este talismán, oculto entre sus vestiduras, sería una garantía contra Ghatanothoa. Pero, además, tendría la virtud de devolverles la vida a las víctimas petrificadas del Dios Oscuro, caso de que ese ser monstruoso surgiese y comenzase su obra devastadora. 

De este modo, se propuso subir a la montaña, irrumpir en la ciudadela y desafiarle en su propia madriguera. Era imposible saber lo que pasaría después, pero la esperanza de ser el salvador de la humanidad daba una fuerza irrefrenable a su voluntad. Pero T'yog no había contado con la envidia y el interés de los sacerdotes de Ghatanothoa. No bien acabaron de oír el plan que se proponía, y viendo amenazados el prestigio y los privilegios de que gozaban si era destronado el Dios-Demonio, elevaron clamorosas protestas contra lo que calificaron de sacrilegio, y gritaron que ningún hombre podía vencer a Ghatanothoa, y que cualquier intento de ir en busca suya serviría únicamente para despertar su ira contra toda la humanidad, cosa que ninguna fórmula ni rito podría impedir. 

Con aquellas voces esperaban predisponer a las turbas contra T'yog. Sin embargo, era tal el anhelo del pueblo por liberarse de Ghatanothoa, y tal su confianza en la habilidad y celo de T'yog, que todas las protestas fueron inútiles. Incluso el rey, que generalmente era un títere de los sacerdotes, se negó a prohibir la atrevida aventura. Fue entonces cuando los sacerdotes de Ghatanothoa hicieron en secreto lo que no habrían podido hacer abiertamente. Una noche, Imash-Mo, el sumo sacerdote, se introdujo clandestinamente en la cámara de T'yog y le sustrajo el cilindro de metal mientras dormía. Sacó en silencio el texto poderoso y colocó en su lugar otro muy parecido, pero totalmente ineficaz contra dioses ni demonios. Una vez restituido el cilindro, Imash-Mo se sintió satisfecho. No era probable que T'yog revisara el manuscrito. Al creerse protegido por el verdadero rollo, el hereje marcharía hacia la montaña prohibida, hasta la Presencia Maligna... Y Ghatanothoa, sin freno de magia alguna, haría lo demás.

Ya no era necesario predicar contra esa aventura. Que siguiese T'yog su camino, que él encontraría su perdición. En secreto, los sacerdotes guardarían siempre el rollo robado -el auténtico, el verdadero talismán- el cual pasaría de un sumo sacerdote a otro, pero si en el futuro se hiciera necesario alguna vez contravenir la voluntad del Dios-Demonio. Y así, Imash-Mo durmió el resto de la noche en una gran paz, con la fórmula auténtica bajo su poder. 

Al amanecer del Día de las Llamas-Celestes (denominación convencional de von Junzt), T'yog, entre oraciones y cánticos del pueblo, y con la bendición del rey Thabou sobre su frente, comenzó la ascensión de la terrible montaña. Llevaba un bastón de vara de tlath en la mano derecha, y el estuche sepultado entre sus ropajes... No había descubierto la impostura. Ni tampoco descubrió la ironía que ocultaban las oraciones de Imash-Mo y los demás sacerdotes de Ghatanothoa, salmodiadas en pro de su protección y éxito. Aquella mañana el pueblo contempló la diminuta silueta de T'yog, que se esforzaba en ascender por la lejana ladera de basalto. Y aún siguieron mirando después de haberle visto desaparecer tras un reborde peligroso de las rocas. 

Por la noche, los más imaginativos creyeron percibir un débil temblor convulsivo en la cumbre, aunque nadie quiso tomar en serio esta afirmación. Al día siguiente las muchedumbres no hicieron sino rezar y vigilar la montaña, preguntándose cuánto tardaría T'yog en regresar. Y lo mismo hicieron al otro día, y al otro. Durante varias semanas mantuvieron la esperanza y aguardaron. Después comenzaron a llorarle. Nadie volvió a ver a T'yog, el único que pudo haber salvado a la humanidad de sus terrores. Después de eso, los hombres se estremecían al recordar la presunción de T'yog, y procuraban no pensar en el castigo que había encontrado su impiedad. 

Y los sacerdotes de Ghatanothoa sonreían ante los que se sentían contrariados por la voluntad del dios o discutían su derecho a los sacrificios. Años más tarde, la astuta jugada de Imash-Mo llegó a conocimiento del pueblo, pero la noticia no hizo cambiar la general convicción de que a Ghatanothoa era mejor dejarle en paz. Nunca más se atrevieron a desafiarle. Y así transcurrieron los siglos: un rey sucedió a otro rey, y un sumo sacerdote sucedió a otro; y surgieron naciones poderosas que se desmoronaron después, y emergieron de las aguas continentes que luego volvieron a sumergirse. Y con el transcurso de milenios sobrevino la decadencia de K'naa. Hasta que un día se desencadenó una tormenta terrible, los cielos se rasgaron, crecieron las olas, montañosas y enormes, y toda la tierra de Mu se sumergió para siempre.

No obstante, miles de años después, comenzaron a surgir algunos focos de secretas creencias inmemoriales. En lejanas tierras se reunieron los supervivientes de rostro gris que habían logrado escapar a la ira de los espíritus acuáticos, y extraños cielos acogieron el humo de los altares levantados en honor de dioses y demonios desaparecidos. Aunque nadie sabía en qué abismo se sumergiera la fortaleza sagrada, aún había quienes ofrecían abominables sacrificios para evitar que el dios emergiera del océano, entre burbujas, y derramara su ser en la tierra, propagando el horror y la petrificación. 

Alrededor de los dispersos sacerdotes, fue desarrollándose el germen de un culto oscuro y secreto -secreto porque las gentes de las nuevas tierras tenían otros dioses y demonios, y sólo veían perversidad en los anteriores-, y dentro de ese culto se ejecutaban acciones espantosas, y se guardaban objetos extraños. Se decía que determinada línea secreta de sacerdotes conservaba aún el verdadero talismán contra Ghatanothoa, el que Imash-Mo había robado a T'yog mientras dormía, aunque no quedaba nadie que pudiera leer o entender las palabras secretas. Asimismo nadie sabía en qué parte del mundo estuvo situada la perdida tierra de K'naa, cuyo centro fue el terrible pico de Yaddith-Gho, coronado por la fortaleza titánica del Dios-Demonio. 

Aunque había florecido principalmente en el Pacífico, en alguna región de la tierra de Mu, se decía que ese culto secreto y horrendo de Ghatanothoa había existido igualmente en la Atlántida y en la detestable meseta de Leng. Von Junzt afirmaba que se había practicado, además, en el fabuloso reino subterráneo de K'nyan, y que había penetrado en Egipto, Caldea, Persia, China, en los olvidados imperios semitas de Africa, y en Méjico y Perú, en el Nuevo Mundo. Aportaba una serie de pruebas sobre la íntima relación existente entre dicho culto y el movimiento de brujería que se dio en Europa, contra el cual los papas habían lanzado inútilmente sus anatemas. 

Con todo, el Occidente nunca fue propicio para su desarrollo. La indignación pública -que se encrespaba ante sus ritos espantosos y sus incalificables sacrificios- había ido podando muchas de sus ramificaciones. Finalmente. se convirtió en un culto clandestino, y nunca pudieron extirparlo por completo. Sobrevivió siempre de una manera o de otra. principalmente en el Lejano Oriente y en las islas del Pacífico, donde sus principios se fundían con la ciencia oculta de los Areoi polinesios.

Von Junzt daba a entender de manera inquietante que había mantenido contacto real con ese culto, de suerte que, al leerlo, me estremecí pensando en lo que se decía de su muerte. Hablaba de la propagación de ciertas ideas relacionadas con la aparición del Dios-Demonio -al que ningún hombre (excepto el malogrado T'yog, que no volvió jamás de su aventura) ha visto-. y ponía de relieve la diferencia entre esa afición a especular y el tabú que vedaba en el antiguo Mu todo intento de imaginar siquiera aquel horror. 

Aquellos relatos de fascinación y pavor estaban preñados de una curiosidad morbosa por conocer la índole del ser con que T'yog fue a enfrentarse en el edificio prehumano que coronaba la temida montaña, ahora sumergida bajo las aguas. Después, todo había. terminado (¿realmente?). Las insidiosas alusiones del erudito alemán me llenaban de un extraño desasosiego. Las hipótesis que el mismo von Junzt formulaba sobre el paradero del rollo robado, del auténtico, y sobre el empleo que finalmente le habían dado, me producían casi la misma ansiedad. Pese a mi convicción de que todo aquel asunto era puramente imaginario, no podía evitar un estremecimiento al pensar si un día llegara a aparecer el dios monstruoso, y al imaginar el cuadro de una humanidad transformada repentinamente en una raza de estatuas deformes, cada una con su cerebro vivo, condenada a la conciencia inerte e irremediable por un número incalculable de milenios.

El viejo sabio de Dusseldorf tenía una ponzoñosa manera de sugerir más de lo que afirmaba expresamente, cosa que me hizo comprender por qué habían perseguido su libro en tantos países, tachándolo de blasfemo, peligroso e impuro. Ciertamente el texto aquel me producía malestar, aunque al mismo tiempo ejercía sobre mí una diabólica fascinación, de suerte que no pude dejarlo hasta haberlo terminado. Las reproducciones de dibujos y de ideogramas de Mu eran maravillosamente parecidas a los trazos del extraño cilindro y a los caracteres del rollo, y todo el libro estaba lleno de detalles que sugerían vagas, alarmantes sospechas de afinidad con muchas cuestiones relativas a la momia: el cilindro y el rollo... su hallazgo en el Pacífico... el testimonio insoslayable del viejo capitán Weatherbee, según el cual, la cripta ciclópea donde fue descubierta la momia había estado enclavada en los cimientos de un inmenso edificio... En cierto modo, me alegraba de que hubiera desaparecido aquella isla volcánica antes de que alguien consiguiera abrir la enorme trampa de su cripta.
IV

La lectura del Libro Negro vino a ser una preparación fatalmente idónea para lo que comenzó a sucederme después, en la primavera de 1932. No recuerdo cuándo empezaron a llamarme la atención las noticias cada vez más frecuentes sobre la intervención de la policía en la represión de ciertos cultos orientales. Lo cierto es que, por mayo o junio, me di cuenta de que en todo el mundo se registraba un desusado recrudecimiento de las actividades de determinadas asociaciones místicas de carácter clandestino y hermético, que habitualmente llevaban un vida tranquila. 

Probablemente jamás habría llegado yo a relacionar esas noticias con el texto de von Junzt, o con el frenético entusiasmo del público por la momia y el cilindro del museo, de no ser por ciertas expresiones y analogías -la prensa se encargaba de subrayarlas continuamente- con los ritos y las declaraciones de sus dirigentes. Por decirlo así, no pude menos de advertir con inquietud la frecuencia con. que se repetía un nombre -en distintas formas de corrupción- que parecía constituir el núcleo central del mito y que era invariablemente pronunciado con una mezcla de respeto y terror. Algunas fórmulas textuales lo citaban como G'tanta, Tanotah, Than-Tha, Gatan y Ktan-Tan... 

Las sugerencias de los numerosos aficionados al ocultismo que me escribían eran innecesarias para hacerme ver en estas variantes un tremendo parentesco con el monstruoso nombre consignado por von Junzt: Ghatanothoa. Había otros aspectos inquietantes, además. Una y otra vez los diarios hacían vagas alusiones a un «rollo auténtico», en torno al cual parecían girar tremendas consecuencias. Se decía que estaba custodiado por un tal «Nagob». Asimismo había una insistente repetición de un nombre que sonaba algo así como Tog, Tiok, Yog, Zob o Yob, que yo, cada vez más excitado, relacionaba involuntariamente con el nombre del desdichado hereje T'yog, como se le llamaba en el Libro Negro. Este nombre solía asociarse a frases enigmáticas tales como «No puede ser más que él», «Contempló su rostro», «lo sabe todo, y no puede ver ni tocar». «Ha prolongado la memoria a través de los evos», «El verdadero pergamino lo liberará», «El puede decir dónde se encuentra».

Algo muy raro había, indudablemente, en el ambiente, y no me extrañó que los ocultistas que me escribían y los periódicos sensacionalistas de los domingos comenzaran a relacionar las nuevas y sorprendentes revueltas religiosas con las leyendas de Mu, por una parte, y con la reciente explotación periodística de la momia, por otra. Los extensos artículos de los primeros momentos, sus insistentes comentarios sobre la momia, el cilindro y el rollo, su relación con el Libro Negro y sus fantásticas especulaciones sobre el asunto entero, muy bien podían haber despertado el fanatismo latente de aquellos centenares de grupos clandestinos, que tanto abundan en nuestro complejo mundo. 

La prensa, por su parte, no cesaba de echar leña al fuego.. Los relatos sobre las revueltas eran aún más atroces que las historias que yo había leído sobre el asunto. Al acercarse el verano los vigilantes del museo observaron un curioso cambio en el público que -después de la calma que sucedió al primer impacto publicitario- comenzaba de nuevo a frecuentar el museo, en una segunda oleada de entusiasmo. Cada vez había más personas de aspecto exótico -asiáticos de piel morena, tipos indescriptibles de pelo largo, individuos de barba negra que parecían no estar acostumbrados a vestir a la europea- que preguntaban invariablemente por la sala de las momias y que, a continuación, eran vistos contemplando el ejemplar del Pacífico con verdadero arrobamiento. Había algo siniestro y latente en esa riada de estrafalarios extranjeros, que tenía a los guardianes impresionados. Yo mismo estaba muy lejos de sentirme tranquilo. 

No paraba de pensar que las revueltas religiosas se debían precisamente a tipos como aquellos... y que quizá había una relación entre dichas agitaciones y aquellas historias referentes a la momia y el manuscrito. A veces casi me sentía tentado a retirar la momia de la sala, sobre todo cuando me dijo un vigilante que, a una hora en que los grupos de visitantes eran menos numerosos, había visto a varios extranjeros haciendo extrañas reverencias ante ella y susurrando una salmodia que parecía algo así como un canto ritual. Uno de los guardianes empezó a imaginar cosas raras sobre aquel horror petrificado y solitario en su vitrina. Afirmaba que venía observando, de día en día, ciertos cambios sutiles, casi imperceptibles, en la frenética flexión de las manos agarrotadas y en la expresión aterrada del rostro correoso. No podía apartar de sí la idea espeluznante de que aquellos ojos abultados se iban a abrir de repente.

A primeros de septiembre disminuyó la masa de gentes extrañas, y la sala de momias se llegó a encontrar vacía algunas veces. Hubo entonces un intento de apoderarse de la momia cortando el cristal de su vitrina. El delincuente, un atezado polinesio, fue sorprendido a tiempo por un guardián, y detenido antes de que pudiera causar ningún desperfecto. Realizadas las investigaciones pertinentes, el individuo resultó ser un hawaiano, conocido por su participación en determinados cultos secretos, y del cual poseía la policía abundantes antecedentes relacionados con ritos y sacrificios inhumanos. 

Algunos de los papeles encontrados en su habitación eran de lo más desconcertante, en particular un montón de cuartillas con jeroglíficos asombrosamente parecidos a los del rollo del museo y a las reproducciones del Libro Negro de von Junzt. Pero no se le pudo hacer hablar sobre este asunto. Escasamente una semana después del incidente hubo otro intento de llegar hasta la momia, seguido de un segundo arresto. Esta vez el transgresor había intentado forzar la cerradura de la vitrina. Se trataba de un cingalés que tenía un historial tan largo como el del hawaiano y que, como él, se negó a hacer declaraciones a la policía. Lo curioso de este caso era que poco antes un guardián había sorprendido a nuestro hombre dirigiendo a la momia un canto muy singular, en el que repetía claramente la palabra «T'yog». 

En vista de todos estos desagradables incidentes redoblé la vigilancia en la sala de las momias, y ordené que, en adelante, no perdieran de vista el famoso ejemplar ni un solo momento. Como es de comprender la prensa sacó partido del asunto. Volvió a repetir sus anteriores comentarios sobre la fabulosa tierra de Mu, y proclamó con osadía que la momia no era sino el temerario hereje T'yog, petrificado por la visión que había sufrido en la antiquísima ciudadela, conservándose en este estado durante 175.000 años de la turbulenta historia de nuestro planeta. Y puso de relieve y repitió hasta la saciedad que los extraños visitantes practicaban los ritos de Mu, y que acudían a venerar la momia... o quizá a intentar devolverla a la vida mediante hechizos y encantamientos.

Los periodistas referían continuamente la vieja leyenda según la cual el cerebro de las víctimas de Ghatanothoa permanecía consciente e intacto. Este tema servía de base para una serie de especulaciones inverosímiles y disparatadas. El asunto del «rollo auténtico» recibió también la debida atención. Según la opinión más generalizada, la fórmula que le fue robada a T'yog se hallaba en alguna parte, y los miembros de la secta que la conservaba estaban tratando de ponerse en contacto con el mismo T'yog, aunque no se sabía con qué fin. Consecuencia de este planteamiento del problema fue la tercera oleada de visitantes que nuevamente empezó a invadir el museo para admirar la momia infernal que servía de eje a todo este extraño e inquietante asunto. 

Entre las personas que venían al museo -muchas de ellas hacían repetidas visitas- se comentaba cada vez más el cambio levísimo que había experimentado la momia. Me figuro -pese a la poco tranquilizadora observación que nuestro nervioso vigilante había hecho unos meses antes- que el personal del museo estaba excesivamente acostumbrado a ver formas extrañas, para prestar una estrecha atención a los detalles. En cualquier caso, los excitados comentarios de los visitantes hicieron que los vigilantes acabaran por advertir el cambio que, por lo visto, se iba produciendo. 

Casi al mismo tiempo la prensa volvió a coger el tema... con los escandalosos resultados que eran de esperar. Naturalmente presté al caso una mayor atención, y, a mediados de octubre, me di cuenta de que se había iniciado en la momia un proceso de desintegración. Debido a algún factor químico o físico del ambiente, las fibras, mitad piedra y mitad cuero, parecían relajarse gradualmente, originando una modificación en la postura de los miembros y la expresión facial de terror. Después de cincuenta años de perfecta conservación este proceso resultaba extraordinariamente desconcertante, y varias veces le pedí al doctor Moore, taxidermista del museo, que pasase a ver el ejemplar aquel. Moore comprobó que sufría una relajación y un reblandecimiento generales, y le administró un baño astringente por medio de pulverizaciones, sin atreverse a intentar nada más por miedo a que sobreviniese una precipitada descomposición.

El efecto que produjo todo esto en las multitudes fue asombroso. Hasta entonces cada noticia publicada por prensa había atraído una marca de visitantes que venían a mirar y a murmurar en voz baja. Ahora, en cambio, aunque los periódicos hablaban sin cesar de los cambios sufridos por la momia, el público acusaba una sensación de temor que refrenaba su morbosa curiosidad. La gente parecía notar el aura que se cernía sobre el museo. En una palabra, el número de visitantes decreció notablemente, lo que puso de manifiesto que la afluencia de estrafalarios extranjeros seguía siendo la misma. 

El dieciocho de noviembre, un peruano de sangre india sufrió un extraño ataque de histerismo delante de la momia. Más tarde, gritaba en el hospital: «¡Ha intentado abrir los ojos! ... ¡T'yog ha tratado de abrir los ojos para mirarme!» Por ese tiempo estaba yo decidido a ordenar que retirasen de la sala el siniestro ejemplar, pero quería esperar hasta la próxima reunión de nuestros directores. Me daba cuenta de que el museo comenzaba a gozar de una lamentable reputación en el tranquilo vecindario. Después de este último incidente di instrucciones para que no se le permitiera a nadie detenerse más de unos pocos minutos ante la monstruosa reliquia del Pacífico. 

El veinticuatro de noviembre, después de cerrarse el museo, uno de los vigilantes observó una pequeñísima ranura abierta en los ojos de la momia. El fenómeno era muy ligero. Tan sólo se había hecho visible una finísima línea de córnea en cada ojo. Con todo, el fenómeno era de suma importancia. El doctor Moore, mandado llamar inmediatamente, estaba a punto de examinar la parte visible del globo del ojo con una lente de aumento, cuando al tocar los párpados de la momia se cerraron fuertemente otra vez. Todos los intentos de abrirlos -sin forzarlos demasiado- fueron en vano. El taxidermista no se atrevió a aplicar otros procedimientos. Me llamó por teléfono inmediatamente después. Cuando me lo contó sentí que me invadía un terror difícil de definir.

Por un momento pude compartir la impresión popular de que algo perverso, sin forma, brotaba de insondables profundidades de tiempo y espacio y se cernía sobre el museo como una amenaza. Dos noches más tarde un filipino mal encarado intentó esconderse en el museo a la hora de cerrar. Detenido y llevado a la comisaría, se negó a dar su nombre, quedando arrestado como persona sospechosa. Entretanto la estrecha vigilancia a la que era sometida la momia pareció disuadir a estos singulares extranjeros de proseguir su continuo acecho. Al menos disminuyó sensiblemente el número de aquellas gentes, cuando pusimos en vigor la orden de no detenerse ante ella.

Durante las primeras horas de la madrugada del jueves, 1 de diciembre, sobrevino el desenlace. A eso de la una se oyeron unos espantosos alaridos de terror y de agonía que salían del museo. Las frenéticas llamadas telefónicas de los vecinos hicieron que se presentara rápidamente una patrulla de policía en el lugar, al mismo tiempo que varios funcionarios del museo, incluido yo mismo. Algunos agentes rodearon el edificio, en tanto que los demás, junto con el personal del museo, entramos cautelosamente. 

En el corredor principal encontramos al vigilante nocturno estrangulado -tenía aún la cuerda de cáñamo anudada en la garganta- y comprobamos que, a pesar de todas las precauciones, alguno de aquellos criminales había logrado entrar en el edificio. Un silencio sepulcral lo envolvía todo. Casi teníamos miedo de subir a la sala fatal, donde sabíamos que íbamos a descubrir la explicación de aquella tragedia. Encendimos las luces del edificio desde las llaves centrales del corredor y nos sentimos algo más tranquilos. Finalmente subimos con cautela por la escalera circular y cruzamos el suntuoso umbral de la sala de las momias.
V

A partir de ese momento, las noticias que se publicaron sobre este caso han sido sometidas a censura. Todos coincidimos en que no era aconsejable dar a conocer al público la amenaza que implican para la Tierra estos hechos. He dicho ya que encendimos las luces de todo el edificio antes de subir. Bajo los focos que iluminaban las vitrinas con sus tremendos contenidos presenciamos un horror cuyos pormenores sugerían acontecimientos absolutamente ajenos a nuestra capacidad de comprensión. Había dos intrusos -después habíamos de comprobar que se ocultaron en el edificio antes de la hora de cerrar-, dos intrusos que no serían castigados jamás por el asesinato del vigilante, porque habían pagado ya su crimen. 

Uno era birmano, y el otro, un nativo de las islas Fidji. Ambos eran conocidos de la policía por sus repugnantes actividades en relación con determinado culto. Estaban muertos los dos, y cuanto más los examinábamos, más horrible nos parecía aquella forma de morir. En los dos rostros se veía pintada la más frenética e inhumana expresión de horror. Con todo, entre el estado de ambos cuerpos había dIferencias significativas. El birmano se había desplomado muy cerca de la vitrina de la momia, en cuyo cristal había cortado limpiamente un rectángulo. 

En su mano derecha sostenía un rollo de pergamino azulado, lleno de jeroglíficos grisáceos: era casi un duplicado del rollo que se guardaba abajo en la biblioteca. Más tarde, después de un examen detenido, llegué a descubrir ligeras diferencias entre los dos textos. No había señales de violencia en el cuerpo, de modo que, a juzgar por la expresión agónica, desesperada, de su rostro contraído, sacamos en conclusión que aquel hombre había muerto a consecuencia de una impresión irresistible de terror.

Pero fue el cuerpo del nativo de Fidji, que estaba allí cerca, lo que más nos impresionó. Uno de los policías fue el primero en verlo, y profirió un grito que debió de alarmar a la vecindad una vez más en aquella noche de espanto. Al ver las facciones contraídas y grisáceas de la víctima -cuyo rostro había sido negro- y la mano que apretaba todavía la linterna, podíamos habernos figurado que había sucedido algo horrible. Pero lo que descubrió el oficial nos cogió desprevenidos. Incluso ahora lo recuerdo con una repugnancia sin límites. En suma, el desdichado, que poco antes habría podido considerarse como un fornido tipo melanesio, era ahora una figura rígida, de color gris ceniza, petrificada... una mezcla de roca y tejido fibroso, idéntica en todos los aspectos a aquella cosa abominable, acurrucada, antiquísima, que se guardaba en la vitrina que acababan de violar.

Y no era eso lo peor. Superando los demás horrores, y acaparando nuestra atención antes de volvernos hacia los cuerpos tendidos en el suelo, vimos el estado de la espantosa momia. Ya no podía decirse que sus cambios fueran imperceptibles. De manera clara y evidente había variado de postura. Se había doblado y hundido a consecuencia de una extraña pérdida de rigidez. Sus manos agarrotadas habían descendido de suerte que ni siquiera tapaban parcialmente el contraído rostro, y - ¡que Dios nos asista! - sus infernales ojos abultados se habían abierto por completo y parecían mirar directamente a los dos intrusos que habían muerto de espanto tal vez.

Aquella mirada lívida, de pez muerto, era terriblemente fascinadora. Me pareció como si nos vigilara durante todo el tiempo que estuvimos examinando los cuerpos de los intrusos. El efecto que producía en nuestros nervios era verdaderamente asombroso porque, en cierto modo, nos hacía experimentar la curiosa sensación de que nos invadía una rigidez interior que hacía más penosa la ejecución del más simple movimiento, rigidez que más tarde desapareció sorprendentemente al pasarnos de uno a otro el rollo de los jeroglíficos para inspeccionarlo. 

A cada momento me sentía irresistiblemente inclinado a mirar aquellos ojos saltones. Cuando volví a examinarlos, después de haber reconocido los cuerpos, me pareció percibir algo muy singular sobre la superficie vidriosa de aquellas negras pupilas, maravillosamente conservadas. Cuanto más las miraba, más fascinado me sentía. Por último, bajé a la oficina -pese al extraño acartonamiento de mis miembros-, subí un amplificador muy potente y me puse a examinar con detenimiento aquellas pupilas de pez, mientras los demás se agrupaban a mi alrededor, esperando el resultado.

Yo siempre he sido escéptico respecto a la teoría de que pueden quedar grabados en la retina escenas y objetos, en caso de muerte o de coma. Sin embargo, tan pronto como me asomé al aparato, percibí como la imagen de una habitación, distinta por completo a aquella en que estábamos, reflejada en esos ojos vidriosos y remotos. En efecto, en el fondo de la retina había una escena oscuramente perfilada, que indudablemente era reflejo de lo último que aquellos ojos habían visto en vida... hacía millones de años quizá. 

Los contornos de la imagen parecían haberse desdibujado, de modo que empecé a manipular el amplificador con el fin de añadirle otra lente. El caso es que dicha imagen tenía que haber sido muy clara, aun en su infinita pequeñez, cuando -por efecto de algún diabólico sortilegio o manipulación ejecutada por los visitantes- éstos la contemplaron antes de morir. Con la lente adicional conseguí descubrir muchos detalles invisibles al principio. El atemorizado grupo que me rodeaba estaba pendiente del aluvión de palabras con que intentaba yo referir lo que veía. 

Porque lo cierto es que, en este año de 1932, yo, un ciudadano de Boston, estaba contemplando una escena perteneciente a un mundo desconocido y absolutamente extraño, a un mundo desaparecido de la vida y de la memoria de los tiempos. Vi un enorme recinto -una cámara de ciclópea sillería- como si se hallase en una de sus esquinas. En los muros había unos relieves tan horribles que, aun en esta imagen imperfecta, me produjeron náuseas por su bestialidad y perversión. Era imposible que fuesen seres humanos los que habían esculpido aquello: imposible, también, que conocieran las formas humanas cuando labraron aquellos motivos espantosos que subyugaban al que los contemplaba. 

En el centro de la cámara había una descomunal trampa de piedra, levantada para dejar paso a algo que surgía de las profundidades. Aquel ser que brotaba del mundo inferior debió de haber sido claramente visible antes. En realidad, tuvo que serlo cuando los ojos de la momia se abrieron por vez primera ante los intrusos sorprendidos por el terror. Pero bajo mis lentes sólo se distinguía una mancha monstruosa.

Así, pues, estaba examinando el ojo derecho, cuando introduje en el aparato una lente de mayor aumento. Después habría preferido que mi exploración hubiera terminado allí. Pero a la sazón me dominaba el ardor del descubrimiento, de modo que trasladé las lentes al ojo izquierdo de la momia con la esperanza de hallar menos borrosa la imagen de esa retina. 

Mis manos, temblando de excitación, acartonadas por algún influjo misterioso, manejaban con lentitud el amplificador. Un momento después pude comprobar que, efectivamente, la imagen era menos borrosa que en el otro ojo. Y entonces vi con relativa claridad la insoportable pesadilla que brotaba por la trampa de la cripta ciclópea, en aquel mundo primordial y olvidado... y caí al suelo profiriendo alaridos inarticulados. Cuando me recobré no se veía ya ninguna imagen clara en ninguno de los dos ojos de la momia. Fue el sargento Keefe, el que miró con mis cristales; yo no me sentía con ánimo para acercarme otra vez al rostro de aquella cosa abominable. Daba gracias a todos los poderes del cosmos por no haber mirado antes. 

Me hizo falta todo el valor -y que me lo pidieran con insistencia- para decidirme a contar lo que había visto en aquellos momentos de espantosa revelación. En verdad, no pude hablar hasta que nos trasladamos al despacho, lejos de aquella monstruosidad que no debía existir. Por entonces ya había empezado yo a concebir los más terribles presentimientos sobre la momia y sus ojos abultados: me daba la impresión de que la momia tenía una especie de conciencia infernal, mediante la que percibía todo lo que ocurría ante ella, y que trataba en vano de comunicar algún espantoso mensaje desde los abismos del tiempo. Aquello era la locura... Consideré que, al menos, sería mejor estar lejos, si tenía que contar lo que había vislumbrado.

Después de todo, no era mucho lo que tenía que decir. Emergiendo, manando viscosamente de la trampa abierta de aquella cripta gigantesca, había visto una masa monstruosa, increíble, elefantina, del poder fulminador de cuya mirada no se me ocurría dudar. No me siento capaz de describirlo con palabras. Podría decir que era gigantesco, que estaba provisto de tentáculos, de probóscide, que se asemejaba a un pulpo, que era casi amorfo, y deforme, mitad cubierto de escamas y mitad rugoso... Ni de manera aproximada podría reflejar el nauseabundo, el abominable horror extragaláctico y la odiosa e indecible perversidad de aquel ser híbrido de caos y tiniebla. Mientras escribo estas palabras la asociación de ideas me hace volver a sentir debilidad y náuseas.

Mientras les contaba en el despacho lo que había visto tuve que esforzarme por no volver a desmayarme. No estaban menos impresionados los que me escuchaban. Cuando terminé, nadie se atrevió a decir una palabra durante más de un cuarto de hora... Luego hubo comentarios de voz baja, alusiones furtivas a la ciencia espantosa del Libro Negro, a las recientes agitaciones de orden religioso y a los siniestros acontecimientos del museo. 

Se habló de Ghatanothoa, cuya imagen, por pequeña que fuese, podía petrificar ; de T'yog, del falso pergamino, del héroe que nunca había regresado, del verdadero rollo que podía anular total o parcialmente la petrificación... ¿Había sobrevivido hasta nuestros días?.. Se recordaron los cultos horribles y las frases captadas al azar: «No puede ser nadie más que él», «contempló su rostro», «lo sabe todo, y no puede ver ni tocar», «ha prolongado la memoria a través de los evos», «el verdadero pergamino lo liberará», «él puede decir dónde se encuentra».

Solamente cuando apuntaba la primera luz del alba recobramos nuestro sentido común. Un sentido común que dio por asunto concluido lo que yo había vislumbrado... No había que volver más sobre esta cuestión. Dimos a la prensa algunos datos parciales, y más adelante cooperamos con ella para censurar aun estos relatos incompletos. Por ejemplo, cuando la autopsia descubrió que tanto el cerebro como los demás órganos internos del individuo de las islas Fidji, petrificado, se conservaban en todo su frescor orgánico, aunque herméticamente cerrados por la petrificación de los tejidos exteriores -anomalía en torno a la cual los médicos siguen discutiendo aún-, lo mantuvimos en secreto por temor a provocar una nueva oleada pública de terror. Sabíamos demasiado bien -porque de las víctimas de Ghatanothoa se decía que conservaban intacto el cerebro y la conciencia- el partido que los periódicos sensacionalistas sabrían sacar de este incidente.

Tan sólo se dijo al público que el hombre que había llevado el rollo de los jeroglíficos -el que lo había intentado depositar sobre la momia por la abertura practicada en la vitrina- no estaba petrificado, en tanto que el que no lo había llevado, sí. Se nos pidió que realizásemos determinados experimentos -aplicar los dos pergaminos al cuerpo petrificado del de Fidji y a la misma momia-, pero nosotros nos negamos rotundamente a apoyar semejantes teorías supersticiosas. Como es natural, la momia fue retirada de la sala y trasladada al laboratorio del museo, en espera de un examen realmente científico, en presencia de alguna autoridad médica competente. Recordando los acontecimientos anteriores, mantuvimos una estrecha vigilancia. A pesar de eso hubo otro intento de entrar en el museo: el cinco de diciembre, a las dos veinticinco de la madrugada. El aparato de alarma funcionó inmediatamente, y el intento quedó frustrado, aunque por desgracia, el criminal (o los criminales) logró escapar.

Me siento profundamente agradecido de que no haya llegado hasta el público ninguna otra alusión al caso. También desearía fervientemente que no hubiese nada más que decir. Algo trascenderá, sin embargo. Es natural. Y si me ocurriese algo, no sé que es lo que mis albaceas harán con este manuscrito. En todo caso, si llegara a publicarse, el asunto ya no estará dolorosamente reciente en la memoria de todos. Me cabe la esperanza, además, de que nadie crea en los hechos si son finalmente revelados. Eso es lo curioso del público. Cuando la prensa sensacionalista lanza algún infundio, está dispuesto a tragarse lo que sea, pero cuando se lleva a cabo una revelación sorprendente y fuera de lo común, la apartan con una sonrisa, como si fuese pura invención. Para bien de la salud mental de las personas, tal vez sea mejor así.

He dicho que habíamos proyectado un examen científico de la momia. Esto sucedió el ocho de diciembre, exactamente una semana después de la horrible culminación de los acontecimientos, y fue dirigida por el eminente doctor William Minot, en colaboración con Wentworth Moore, doctor en Ciencias Naturales y taxidermista del museo. El doctor Minot había presenciado la autopsia del petrificado nativo de Fidji, la semana antes. También estuvieron presentes los señores Lawrence Cabot y Dudley Saltonstall, administradores del museo, los doctores Mason, Wells y Carver, del servicio técnico del museo, dos representantes de la prensa y yo. 

Durante el transcurso de la semana, el estado del horrible ejemplar no había cambiado visiblemente, aparte cierta relajación de las fibras que daban a la posición de los ojos abiertos una ligera variación de cuando en cuando. A todos nos causaba temor mirarla de frente, pues la impresión de que vigilaba consciente y en silencio se había hecho intolerable. Por mi parte, tuve que hacer un gran esfuerzo para asistir a la autopsia.

El doctor Minot llegó poco después de la una de la tarde, y a los pocos minutos comenzó su reconocimiento de la momia. Al manipular en ella comenzó a desintegrarse rápidamente, en vista de lo cual -y teniendo en cuenta lo que se le había dicho sobre el gradual reblandecimiento de los tejidos a partir del primero de octubre-, decidió que debía hacerse una disección completa antes de que fuera tarde. Preparado, pues, el instrumental necesario que teníamos en el equipo de laboratorio, se empezó inmediatamente la autopsia. La singularidad de aquel tejido grisáceo y momificado le dejó perplejo. 

Pero su sorpresa fue mucho mayor cuando hizo la primera incisión profunda. Del corte aquel comenzó a gotear lentamente un líquido espeso y rojo, cuya naturaleza -pese al incalculable número de siglos que separaban a aquella momia de nuestro presente- era absolutamente inequívoca. Unos pocos cortes más, ejecutados con habilidad, dejaron al descubierto diversos órganos en un grado asombroso de conservación... En efecto, todo estaba intacto, excepto en algunos puntos donde la petrificación había penetrado, originando daños o deformaciones. El estado de la momia era tan semejante al del cuerpo del isleño de Fidji, que el eminente médico se quedó estupefacto. La perfección de aquellos ojos terribles y saltones era pavorosa, y su grado de petrificación, muy difícil de determinar.

A las tres y treinta de la tarde abrieron el cráneo... y diez minutos más tarde, nuestro grupo, horrorizado, juraba mantener en secreto el resultado de la autopsia, que sólo documentos custodiados, como este manuscrito, pueden llegar a revelar un día. Incluso los dos periodistas prometieron guardar idéntico silencio. Porque la trepanación acababa de dejar al descubierto un cerebro vivo y palpitante.

H.P. Lovecraft - El intruso

Howard Phillips Lovecraft El Intruso A.K.A El extraño

Aquella noche el Barón soñó con muchos infortunios;
Y todos sus guerreros invitados, con silueta y forma
De bruja, demonios, y un gran sarcófago,
Fuimos presa de sus pesadillas.

La Eva de San Agnes Jhon Keats



Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.

No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos.

En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Antojóseme que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance.

Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente.

De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, invadióme el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.

Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz, ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.

Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré el interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.

No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboléandome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado. No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna.

Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie de un pulido espejo.


H.P. Lovecraft - Dos botellas negras

Howard Phillips Lovecraft & Wilfred Blanch Talman 


Entre los pocos habitantes que quedan aún en Daalbergen, ese
villorrio decadente de las montañas Ramapo, los hay que creen que mi tío,
el anciano reverendo Vanderhoof, no está realmente muerto. Algunos de
ellos sustentan la idea que se encuentra suspendido en algún lugar entre el
cielo y el infierno, por culpa de la maldición del viejo sacristán. 
De no haber sido por ese viejo hechicero, quizá estuviera aún lanzando sus
sermones en la pequeña y húmeda iglesia de más allá del páramo.
Y, tras lo que me ocurrió a mí en Daalbergen, casi estoy tentado de
creer lo mismo que los aldeanos. 

No estoy seguro de que mi tío esté muerto, pero de lo que tengo la completa certeza es de que no se encuentra,
al menos vivo, en este mundo. No hay duda alguna de que el viejo sacristán
lo enterró, pero ahora no se encuentra en su tumba. Puedo casi sentir su
presencia detrás de mí, mientras escribo, empujándome a contar la verdad
acerca de esos extraños sucesos que tuvieron lugar en Daalbergen hace
tantos años.

Llegué a Daalbergen el 4 de octubre, en respuesta a una llamada. La
carta procedía de un antiguo miembro de la congregación de mi tío, y me
informaba de que el anciano había fallecido, así como que existían unos
pocos bienes de los que yo, como único pariente vivo, era el heredero.
Llegué a aquella población pequeña y aislada después de una fatigosa
sucesión de cambios de ferrocarriles, para dirigirme al colmado de Mark
Haines, que había sido quien me había escrito aquella carta; y este, después
de llevarme a una habitación zaguera y mal ventilada, me contó una
historia de lo más curiosa, tocante a la muerte del reverendo Vanderhoof.

- Tengo que tener cuidado, Hoffman - me dijo Haines-, cada vez
que me encuentro con ese viejo sacristán, Abel Foster. Tiene un pactó con
el diablo, tan seguro como que hay Dios. Hará unas dos semanas, Sam
Pryor, cuando pasó por el viejo cementerio, le escuchó hablar por lo bajo
con los muertos. Seguro que era él, y Sam podría jurar que una voz de
algún tipo le respondía: una especie de media voz, profunda y apagada,
como si viniera de debajo de la tierra. Había otras voces, según dice, y
pudo verlo parado junto a la tumba del viejo reverendo Slott... junto al
muro de la iglesia... y agitaba las manos y hablaba con el musgo de la
lápida como si pensase que era el viejo reverendo en persona.

El viejo Foster, según me dijo Haines, había llegado a Daalbergen
hacía unos diez años, y Vanderhoof lo había contratado de inmediato para
que cuidase de la húmeda iglesia de piedra en la que la mayor parte de los
aldeanos rendían culto. Nadie, excepto Vanderhoof, parecía tenerle simpatía, ya que su sola presencia provocaba el desasosiego. A veces se
quedaba junto a la puerta cuando la gente acudía a la iglesia, y los hombres
devolvían con frialdad sus serviles zalamerías, en tanto que las mujeres se
apresuraban, recogiéndose las faldas para evitar que lo rozasen. Entre
semana, se le podía ver cortando la hierba del cementerio y atendiendo las
flores de las tumbas, y de vez en cuando canturreando y murmurando para
sus adentros. Y pocos fueron los que no se dieron cuenta de la especial
atención que prestaba a la tumba del reverendo Guilliam Slott, el primer
pastor de la iglesia en 1701.

Poco después de la llegada de Foster a la aldea comenzó a gestarse
el desastre. Primero fue el cierre de la mina de la montaña, en la que
trabajaba la mayor parte de los hombres. La veta de hierro se agotó y casi
todo el mundo se marchó a poblaciones más prósperas, mientras que
aquellos que tenían tierras en la vecindad se convirtieron en granjeros y se
las ingeniaron para arrancar un magro sustento a esas laderas rocosas.
Luego llegaron los problemas en la iglesia. Se murmuraba que el reverendo
Johannes Vanderhoof había hecho un pacto con el diablo y que estaba
difundiendo sus prédicas en casa del Señor. 

Sus sermones se habían convertido en extraños y grotescos... impregnados de cosas siniestras de las cuales la sencilla gente de Daalbergen nada sabía. Los transportaba, cruzando edades de miedo y superstición, hasta regiones de espíritus odiosos e invisibles, y poblaba sus imaginaciones con gules nocturnos. Un a uno, la gente fue dejando la congregación, mientras que los ancianos y los
diáconos pedían en vano a Vanderhoof que cambiase el tema de sus
sermones. Aunque, de continuo, el anciano prometía hacerlo así, parecía
atado a algún poder más fuerte que lo obligaba a cumplir su voluntad.

Un gigante en estatura, Johannes Vanderhoof era bien conocido
como hombre débil y timorato, pero incluso con la amenaza de expulsión
pendiente de su cabeza continuó con sus fantasmales sermones, hasta que
apenas un puñado de personas acudió a escuchar sus pláticas del domingo
por la mañana. Debido a las precarias finanzas, era imposible buscar un
nuevo pastor, y al cabo de no mucho tiempo ningún aldeano osaba
acercarse a la iglesia o a la casa parroquial adjunta. Sobre todo aquello
pendía el temor a los espectros con los que, al parecer, Vanderhoof tenía
tratos.

Mi tío, al decir de Mark Haines, había seguido viviendo en la casa
parroquial debido a que nadie tenía el valor suficiente para decirle que se
marchase. Nadie volvió a verlo, pero se distinguían luces en la casa
parroquial por la noche, e incluso había atisbos de las mismas en la iglesia,
de tarde en tarde. Se murmuraba en la población que Vanderhoof predicaba
regularmente en la iglesia, todos los domingos por la mañana, indiferente al
hecho de que su congregación ya no estuviera ahí para escuchar. A su lado
solo se mantenía el viejo sacristán, que vivía en el sótano de la iglesia, para
cuidarlo, y Foster hacía una visita semanal a lo poco que quedaba de la
parte comercial del pueblo, para comprar provisiones. 

Ya no se inclinaba servilmente ante la gente con la que se cruzada, y en vez de ello parecía albergar un odio demoníaco y mal disimulado. No hablaba con nadie, excepto lo justo para hacer sus compras, y, cuando pasaba por la calle con su bastón golpeteando las desiguales aceras, lanzaba a izquierda y derecha
miradas malignas. Encorvado y marchito debido a una edad avanzada,
cualquiera que estuviese cerca de él podía sentir su presencia; y tan
poderosa era su personalidad, según decían las gentes del pueblo, que había
hecho a Vanderhoof aceptar la tutela del diablo. 

No había nadie en Daalbergen que dudase que Abel Foster era la causa última de toda la mala suerte del pueblo, pero nadie osaba alzar un dedo contra él, o siquiera pasar a su lado sin un escalofrío de miedo. Su nombre, al igual que el de Vanderhoof, no se pronunciaba siquiera en voz alta. Cada vez que se
mencionaba a la iglesia del otro lado del baldío, se hacía en susurros; y si la
conversación tenía lugar por la noche, el susurro iba acompañado de
miradas por encima del hombro, para asegurarse de quenada informe o
siniestro salía reptando de la oscuridad para espiar esas palabras.

El cementerio se mantenía tan verde y hermoso como cuando la
iglesia estaba en funcionamiento, y las flores cercanas a las tumbas del
camposanto eran atendidas tan cuidadosamente como en tiempos pasados.
Veían ocasionalmente al viejo sacristán, trabajando allí, como si aún le
pagasen por ello, y aquellos que osaban pasar lo suficientemente cerca
decían que mantenía conversación fluida con el demonio y con aquellos
espíritus que medraban dentro de los muros del cementerio.

Una mañana, me dijo Haines, vieron cómo Foster cavaba una fosa,
allí donde el campanario de la iglesia lanzaba su sombra por la tarde, antes
de que el sol desapareciera tras la montaña y dejase a toda la aldea en un
semicrepúsculo. Más tarde, la campana de la iglesia, silenciosa durante
meses, resonó solemnemente durante media hora. Y, al ocaso, aquellos que
observaban desde lejos, pudieron ver cómo Foster sacaba un ataúd de la
casa parroquial en una carretilla, depositarlo en la fosa con escasa
ceremonia y recubrir el agujero con la tierra.

El sacristán acudió al pueblo al día siguiente antes de su habitual
viaje semanal y de mucho mejor humor de lo que era habitual. Parecía
dispuesto a la charla, e insistió en que Vanderhoof había muerto el día
anterior, y que lo había enterrado junto a la tumba del reverendo Slott,
cerca del muro de la iglesia. Sonreía de vez en cuando, y agitaba las manos
presa de un júbilo inexplicable y fuera de lugar. Estaba claro que la muerte
de Vanderhoof le producía una alegría perversa y diabólica. Los aldeanos
se percataron de un algo extraño y añadido en su presencia, y lo evitaron
cuanto pudieron. Habiendo muerto Vanderhoof, se sentían aún más
inseguros que antes, ya que el viejo sacristán tenía ahora las manos libres
para lanzar los peores hechizos contra la aldea desde la iglesia, cruzando el
pantano. Musitando algo en un idioma que nadie pudo entender, Foster se
volvió por el camino que cruzaba el baldío.

Fue entonces, al parecer, cuando Mark Haines recordó haber oído
hablar al reverendo Vanderhoof de mí, su sobrino. En consecuencia, Haines
me envió recado, esperando que pudiera saber algo que arrojase luz sobre
el misterio de los últimos años de mi tío. Le aseguré, sin embargo, que yo
no sabía nada de mi tío o su pasado, excepto que mi madre lo describía
como un gigante con poco valor y voluntad.
Habiendo escuchado cuanto Haines tenía que decirme, enderecé mi
silla y eché un vistazo a mi reloj. Era ya tarde avanzada.

- ¿A cuánto está la iglesia de aquí? – pregunté –. ¿Cree que podría
llegar antes de que oscureciera?
- ¡Seguro, hombre, que no piensa ir allí en plena noche! ¡Ese no es
un buen lugar! – el viejo tembló perceptiblemente con todo su cuerpo y
medio se alzó de su silla, tendiendo una mano flaca, como para detenerme -
. ¡Ni se le ocurra! ¡Sería una locura! - exclamó.

Me reí de sus miedos y le dije que, ya que estaba allí, pensaba
encontrarme con el viejo sacristán esa misma tarde y sacarle toda la
información cuanto antes. No estaba dispuesto a aceptar como verdades las
supersticiones de paletos ignorantes; por lo que estaba seguro de que todo
lo que acababa de oír no se debía más que a una concatenación de sucesos
que la exuberante imaginación de la gente de Daalbergen había ligado con
su mala suerte. No sufría de ninguna sensación de miedo u horror al
respecto.

Viendo que estaba decidido a ir a casa de mi tío antes de que cayese
la noche, Haines me condujo fuera de su oficina y, con renuencia, me dio el
puñado de instrucciones necesarias, rogándome de vez en cuando que
cambiase de intenciones.
Me estrechó la mano al despedirnos, en una forma que daba a
entender que no pensaba volver a verme.
– ¡Cuidado con ese viejo demonio, Foster, no se fíe! – me avisaba
una y otra vez –. Yo no me acercaría a él tras anochecer ni por todo el oro
del mundo. ¡No, señor! – volvió a entrar en su almacén, agitando con
solemnidad la cabeza, mientras yo cogía una carretera que llevaba a las
afueras de la población.

Tuve que caminar apenas un par de minutos para poder ver el
baldío del que me había hablado Haines. La carretera, flanqueada por vallas
pintadas de blanco, cruzaba aquel gran páramo, que estaba cubierto de
agrupaciones de malezas que hundían sus raíces en el húmedo y viscoso
cieno. Un olor a muerte y podredumbre colmaba los aires, e incluso a la luz
de la tarde se podían ver unos cuantos retazos de vapor que se alzaban del
insalubre terreno.

Al otro lado del pantano, giré a la izquierda, tal y como me habían
indicado, apartándome del camino principal. Había algunas casas por allí,
según pude ver; casas que apenas eran otra cosa que chozas, reflejando la
extrema pobreza de sus dueños. El camino pasaba bajo las festoneadas
ramas de enormes sauces que ocultaban casi por completo los rayos del sol.
Los olores miasmáticos del pantano infectaban aún mis fosas nasales, y el
aire era húmedo y frío. Apreté el paso para abandonar aquel tétrico pasaje
cuanto antes.

Y de repente salí de nuevo a la luz. El sol, que ahora pendía como
una bola roja sobre la cima de la montaña, estaba ya muy bajo y allí, a
alguna distancia adelante, bañada en el resplandor ensangrentado, se alzaba
la solitaria iglesia. Comencé a sentir el desasosiego del que hablaba Haines;
ese sentimiento de miedo que hacía que todo Daalbergen rehuyera el lugar.
La masa achaparrada y pétrea de la propia iglesia, con su romo campanario,
parecía un ídolo al que adorasen las estelas de tumbas que la rodeaban, ya
que cada una remataba en un borde redondeado que recordaba las espaldas
de una persona arrodillada, mientras que, sobre todo el conjunto, la casa
parroquial, sórdida y gris, se agazapaba como una aparición.

Reconozco haber aminorado el paso un poco ante tal escena. El sol
estaba desapareciendo con rapidez tras la montaña y el aire húmedo me
hacía estremecer. Envolviéndome el cuello con el pañuelo, seguí adelante.
Algo captó mi atención, haciendo que mirase de nuevo. En las sombras del
muro de la iglesia se distinguía algo blanco... algo que no parecía tener
forma definida. 

Forzando la vista según me iba acercando, vi que era una
cruz de madera muy nueva que coronaba un túmulo de tierra recién
removida. Ese descubrimiento me provocó un nuevo escalofrío. Comprendí
que se trataba de la tumba de mi tío, pero algo me dijo que no era
semejante al resto de las fosas cercanas. No parecía una tumba muerta. De
alguna forma intangible, parecía viva, si es que a una tumba se la puede
catalogar de viva. Muy cerca de ella, según vi cuando estuve más cerca,
había otra tumba, un viejo montículo con una piedra desmigajada encima.
La tumba del reverendo Slott, pensé, al recordar lo que me había contado
Haines.

No había señales de vida por allí. En el semicrepúsculo, subí la
loma baja, sobre la que se alzaba la casa parroquial, y aporreé la puerta. No
obtuve respuesta. Circundé la casa y espié a través de las ventanas. El lugar
entero parecía abandonado.
Las bajas montañas habían hecho que la noche cayese con
descorazonadora rapidez, apenas se ocultó el sol. Comprendía que apenas
iba a poder ver a más de unos pocos metros por delante. Caminando con
cuidado, giré en una de las esquinas de la casa y me detuve, preguntándome
qué hacer a continuación.

Todo estaba en calma. No había ni un soplo de viento, ni tampoco
los ruidos habituales que producen los animales en sus merodeos
nocturnos. Había olvidado por un momento los miedos, pero todas las
aprensiones volvieron por culpa de aquella calma sepulcral. Me imaginé el
aire poblado por temibles espíritus que se agolpaban a mi alrededor,
haciendo el aire casi irrespirable. Me pregunté, por enésima vez, dónde
podría encontrarse el viejo sacristán.

Según estaba ahí parado, medio esperando que algún siniestro
demonio surgiera de las sombras, me percaté de la existencia de dos
ventanas iluminadas en el campanario de la iglesia. Fue entonces cuando
recordé que Haines me había dicho que Foster vivía en el sótano del
edificio. Avancé con precaución en la negrura, hasta encontrar, en la
iglesia, una puerta lateral entreabierta.
El interior estaba lleno de un olor rancio y mohoso. Todo cuanto
tocaba estaba cubierto de una suciedad fría y húmeda. Encendí una cerilla y
comencé a explorar en busca de cómo, si es que tal cosa era posible, llegar
al campanario. De repente, me detuve.

Un retazo de canción, alta y obscena, entonada por una voz que el
alcohol trocaba en gutural y grave, me llegó desde más adelante. La cerilla
me quemó los dedos y la dejé caer. Dos puntos de luz surgieron en la
oscuridad del muro más lejano de la iglesia y, bajo ellos, en un lado, pude
ver una puerta que se perfilaba gracias a la luz que salía por debajo. La
canción se detuvo de forma tan abrupta como había comenzado, y de nuevo
reinó el silencio más completo. El corazón me martilleaba y la sangre
golpeteaba en mis sienes. De no haber quedado petrificado por el miedo,
hubiera salido corriendo de inmediato.

Sin ni siquiera encender otra cerilla, fui tanteando entre los bancos
hasta llegar a la puerta. Tan hondo era el sentimiento de aprensión que me
asaltaba que sentía como si estuviese en un sueño. Mis actos eran casi
involuntarios.
La puerta estaba cerrada, como bien pude comprobar al girar el
picaporte. Aporreé durante algún tiempo, sin encontrar respuesta alguna. El
silencio era tan completo como antes. Tanteando por el borde de la puerta,
di con los goznes, saqué los pasadores e hice que la puerta se venciera
hacia mí. Una luz tenue llegaba de un empinado tramo de peldaños. Había
un abrumador olor a güisqui. 

Ahora pude oír a alguien que se movía en la habitación de la torre, situada arriba. Cuando aventuré un bajo «hola», creí recibir un graznido en respuesta y, con cautela, ascendí por las escaleras. Mi primera visión de ese lugar impío fue, de hecho, bastante impactante. Por toda la pequeña habitación había libros y manuscritos, viejos y polvorientos... objetos extraños de una edad casi increíble. 

En las baldas de estantes que llegaban hasta el techo había cosas horribles en jarras y botellas de cristal... serpientes, lagartos y murciélagos. El polvo, el moho y las telarañas lo cubrían todo. En el centro, detrás de una mesa sobre la que había una vela encendida, una botella de güisqui casi vacía y un
vaso, se encontraba una figura inmóvil de rostro flaco, demacrado y
consumido, con ojos salvajes que miraban al vacío. Reconocí a Abel
Foster, el viejo sacristán, al instante. No se movió ni habló mientras yo me
acercaba lenta y temerosamente.

- ¿Señor Foster? - pregunté, temblando de miedo incontrolable
cuando escuché los ecos de mi voz resonando en aquel cuarto. No recibí
respuesta, y la figura detrás de la mesa no se movió. Me pregunté si no
estaría bebido hasta la insensibilidad, y fui hasta la mesa para sacudirlo.
Pero al simple toque de mi brazo en su hombro, el extraño anciano
dio un bote en su silla, como si hubiera recibido un susto de muerte. Sus
ojos, que hasta entonces habían estado mirando al vacío, se clavaron en mí.
Agitando los brazos como mayales, retrocedió.

– ¡No! – gritaba –. ¡No me toques! ¡Atrás! ¡Atrás!
Vi que estaba borracho, así como atenazado por algún tipo de terror
indescriptible. Usando un tono calmado, le dije quién era y a lo que había
ido. Pareció entender difusamente y se desplomó en su silla, para quedarse
sentado flácido e inmóvil.
– Creí que era él – murmuró –. Pensé que era él que había vuelto.
Está tratando de hacerlo... tratando de salir desde que lo metí ahí dentro –
su voz se alzó de nuevo hasta convertirse en un grito, y se agazapó en la
silla –. ¡Quizá ya haya logrado salir! ¡Quizá está fuera!
Miré a mi alrededor, casi esperando que alguna forma espectral
subiese por las escaleras.
– ¿Quién puede estar fuera? – pregunté.
– ¡Vanderhoof! – aulló –. ¡La cruz de su tumba se cae por las
noches! Cada mañana la tierra aparece removida y resulta más difícil
mantenerla dentro. Va a escaparse y no puedo hacer nada para evitarlo.

Obligándolo a volver a la silla, me senté en una caja cercana.
Temblaba presa de un terror mortal, y la saliva le goteaba por las comisuras
de la boca. De vez en cuando, yo mismo sentía esa sensación de horror que
Haines me había descrito al hablar del viejo sacristán. La verdad es que
había algo inquietante en aquel tipo. La cabeza se le había ahora vencido
sobre el pecho, y parecía más calmado, mientras musitaba para sí mismo.
Me levanté despacio y abrí una ventana para que los vapores del
güisqui y el hedor mohoso de la muerte se despejaran. La luz de una difusa
luna, que acababa de salir, hacía los objetos de fuera levemente visibles.

Podía ver la tumba del reverendo Vanderhoof desde mi lugar en el
campanario, y parpadeé al mirar. ¡Esa cruz estaba ladeada! Recordaba que
estaba en posición vertical hacía una hora. El miedo me asaltó de nuevo.
Me giré con rapidez. Foster estaba sentado en su silla, observándome. Su
mirada era más cuerda que hacía un rato.

– Así que usted es el sobrino de Vanderhoof – murmuró con voz
nasal –. Bueno, entonces tiene derecho a saberlo todo. Volverá dentro de no
mucho a buscarme... no tardará más que lo que le cueste salir de la tumba.
Así que se lo voy a contar todo.
Parecía haberse librado del terror. Era como si se hubiese resignado
a sufrir alguna especie de destino horrible que podía alcanzarlo en
cualquier momento. Su cabeza se venció sobre el pecho de nuevo y
comenzó a musitar con voz monótona y nasal.

- ¿Ve todos esos papeles y libros? Bueno, pertenecieron en un
tiempo al reverendo Slott..., el reverendo Slott, que lo fue de esta parroquia
en otro tiempo. Y hacía magia con todas estas cosas... magia negra, que el
viejo reverendo aprendió antes de venir a este país. Solían quemar y asar en
aceite hirviendo a la gente como él, según dicen. Pero el viejo Slott sabía, y
no se lo contaba a nadie. No, señor, Slott predicaba aquí hace generaciones,
y luego venía aquí arriba a estudiar en esos libros, y a utilizar esos seres
muertos de las jarras y lanzar maldiciones, y cosas así, pero se las arregló
para que nadie se enterase. No, nadie sabía de sus actividades, aparte del
reverendo Slott y yo mismo.

– ¿Usted? - barboté, inclinándome sobre la mesa, en dirección a él.
– Sí, yo lo supe más tarde – su rostro mostró líneas de malicia al
responderme –. Encontré todo esto aquí, cuando vine a ocupar plaza de
sacristán de la iglesia, y me acostumbré a leer cuando no estaba ocupado.
No tardé en saberlo todo, que todo aquello era algo más que
divagaciones de borracho. Hasta el último de los detalles concordaba con lo
dicho por Haines. 

Mientras el viejo brujo estallaba en risas demoníacas, me
sentí tentado de lanzarme por las estrechas escaleras y escapar de esa
vecindad condenada. Para calmarme, me puse en pie y miré de nuevo por la
ventana. Los ojos casi se me salieron de las órbitas cuando vi que la cruz
sobre la tumba de Vanderhoof se había vencido de forma perceptible desde
la última vez que la contemplara. ¡Se inclinaba ahora en un ángulo que
llegaba a los cuarenta y cinco grados!

- ¿No podríamos desenterrar a Vanderhoof y devolverle el alma? -
pregunté casi sin aliento, presintiendo que había que hacer algo a toda
prisa.
Pero el viejo se levantó dé su silla, lleno de terror.
- ¡No, no, no! – chilló -. ¡Me matará! He olvidado la fórmula y, si
sale, estará vivo y sin alma. ¡Nos matará a los dos!
- ¿Dónde está la botella que contiene su alma? - inquirí, avanzado
amenazadoramente hacia él. Sentí que iba a tener lugar un suceso
fantasmal, por lo que debía hacer todo lo posible para evitarlo.
- ¡No pienso decírtelo, jovenzuelo! - graznó. Sentí, más que ver,
una extraña luz en sus ojos mientras retrocedía hacia una esquina -. ¡Y no
me toques, o de veras que lo lamentarás!

Di un paso adelante, percatándome de que en un taburete bajo,
situado a su espalda. Foster musitó algunas curiosas palabras con una voz
baja y cantarina. Todo comenzó a volverse gris ante mis ojos, y fue como si
me estuvieran arrancando algo del interior, tratando de sacarlo por mi
garganta. Sentí que me flaqueaban las piernas.

Abalanzándome, agarré al viejo sacristán por el gaznate y con mi
mano libre toqué las botellas del taburete. Pero el anciano cayó hacia atrás,
golpeando el taburete, y una de las botellas cayó, mientras que yo conseguí
agarrar la otra. Huboun estallido de llama azul y un olor sulfuroso llenó
todo el cuarto. Del pequeño montoncito de cristal surgió una humareda
blanca que salió por la ventana.

- ¡Maldito seas, canalla! - gritó con una voz que parecía débil y muy
lejana.
Foster, al que había cogido cuando la botella se rompió, se apretó
contra el muro, con una mirada más turbia y estremecida aún que antes. Su
rostro, poco a poco, iba volviéndose de un negro verdoso.
- ¡Maldito seas! - dijo de nuevo la voz, y apenas parecía que saliese
de sus labios -. ¡Estoy acabado! ¡Esa era la mía! ¡El reverendo Slott la puso
ahí hace doscientos años!
Se deslizó con rapidez hasta el suelo, mirándome con odio, con ojos
que se enturbiaban con rapidez. Su carne cambió de blanco a negro, y luego
a amarillo. Vi con horror que su cuerpo parecía desmoronarse y que sus
ropajes caían en el vacío.

La botella que tenía en la mano estaba calentándose. La miré,
espantado. Resplandecía con débil fosforescencia. Lleno de miedo, la dejé
en la mesa, pero no podía apartar los ojos de ella. Hubo un ominoso
momento de silencio mientras se volvía cada vez más brillante, y luego
llegó hasta mis oídos, con claridad, el sonido de tierra removida.
Boqueando, me acerqué a mirar a la ventana. La luna estaba ahora alta en el
cielo y, gracias a su luz, pude ver que la cruz nueva situada sobre la tumba
de Vanderhoof había caído del todo. 

De nuevo me llegó el rechinar de la grava y ya no pude controlarme por más tiempo, por lo que me lancé tambaleante por las escaleras y escapé por las puertas. Fui corriendo por el suelo desigual, cayendo de vez en cuando, lleno de abyecto terror. Cuando llegué al pie del montículo y de la entrada de ese tenebroso túnel bajo los sauces, escuché un horrible rugido a mis espaldas. Me giré y miré hacia la iglesia. Su muro reflejaba la luz de la luna y, silueteada contra el mismo, había una sombra gigante, negra y espantosa que salía de la tumba de mi tío y avanzaba torpemente hacia la iglesia.

Conté lo que había sucedido a un grupo de ciudadanos, en el
almacén de Haines, a la mañana siguiente. Me percaté de que se miraban
unos a otros con leves sonrisas mientras yo hablaba, pero cuando los invité
a acompañarme al lugar, dieron diversas excusas para rehusar. Aunque
parecía existir un límite a su credulidad, tampoco querían correr riesgos.
Les dije que iría entonces solo, aunque debo confesar que tal cosa no me
agradaba nada.
Al salir del almacén, un anciano de barba larga y blanca se me
acercó presuroso y me tomó del brazo.

- Yo te acompañaré, chico – dijo -. Me parece que una vez escuché
a mi abuelo contar algo sobre lo que le ocurrió al viejo reverendo Slott. Era
un tipo raro, por lo que oí, pero Vanderhoof era aún peor.
La tumba del reverendo Vanderhoof estaba abierta y vacía cuando
llegamos. Por supuesto que pudo ser obra de ladrones de tumbas, en eso
convinimos ambos, pero... La botella que había dejado sobre la mesa del
campanario ya no estaba, aunque sí los restos de la otra, rota, en el suelo.
Y, sobre el montón de ropas caídas y cenizas amarillas que una vez fueran
Abel Foster, había ciertas pisadas inmensas.

Tras echar un vistazo a algunos de los libros y papeles
desparramados por la estancia del campanario, los trasladamos abajo y los
quemamos, ya que eran cosas sucias e impías. Con una azada que
encontramos en el sótano de la iglesia, rellenamos la tumba de Johannes
Vanderhoof y, por último, arrojamos la cruz caída a las llamas.
Las viejas dicen que ahora, cuando la luna es llena, se ve pasear por
el cementerio a una figura gigantesca y desconcertada que sostiene una
botella y se dirige hacia algún destino olvidado.